24 mayo 2026

 

PAVLOV

Jurupi, el más pequeñín del albergue, se despertó con el ruido metálico de las aldabas; no había dormido casi nada a causa de la ansiedad, pero apenas vio el rectángulo de luz que entró a través de la puerta abierta, salió disparado en busca de Pavlov. 

Bajo un banco de piedra dormía profundamente un beagle rengo y ciego, el más viejo del refugio.

Jurupi saltaba emocionado y ladraba alto para que Pavlov, que ya estaba quedándose sordo, lo escuchara.

  — ¿Es verdad todo lo que dicen de ti? —preguntó   Jurupi.  

— ¿Y qué ladran esos cínicos callejeros? —respondió Pavlov, incorporándose a duras penas sobre sus patas delanteras.

—Que, en asuntos de humanos, sois el más sabio de los perros —dijo el pequeño saltarín.

—Si ellos lo dicen… por algo será —respondió Pavlov sacudiendo la cabeza para quitarse la pesadez de la noche, y acariciándolo con su patita le dijo:

Aprende esto mi pequeño: los perros no sabemos mentir. Pero… ¿A qué viene tanta pregunta?

— Ayer han visto mis fotos en la red —dice Jurupí emocionado—, y hoy llegan mis humanos para adoptarme. Quiero que me digas: ¿Cómo saber si un humano es bueno o malo?

— ¿Y por qué te preocupas tanto? —le ladró Pavlov, mirándole con sus ojos vacíos.

¿Te acuerdas de Copo, el caniche que aullaba la noche entera? —preguntó Jurupí.

—Claro que sí.

—¿Sabías que después de adoptarle lo abandonaron? Ahora vagabundea por las calles.

—Es cuestión de suerte.

—¿Recuerdas a Tonny…? Sus humanos lo maltratan. ¿Ahora ves por qué me preocupo?

Pavlov ladró quedo para tranquilizar a su pequeño amigo.

— Ya entiendo. —Movió la cabeza—. Piensa… vienen por ti a un refugio, de seguro serán gente buena. Los humanos tienen el corazón más hermoso que se ha creado; y su mente es la octava maravilla en todo el universo, pero es extraña e imposible de descifrar.

He conocido a los científicos, son los humanos más brillantes. He visto en ellos la genialidad y la crueldad combinada de forma tal, que no pude discernir la línea que las divide. Son como dioses y con los dioses sólo funciona la fe.

Jurupi quedó pensativo mirando las orejas colgantes del ciego. Pavlov se erguía como una efigie de misterio. Entonces pregunto:

—¿Es verdad que viviste tu cachorrez dentro de un laboratorio?

—Y buena parte de mi vida —contestó Pavlov—. Sobreviví a las pruebas de toxicidad DL50 y, aunque quedé ciego y casi sordo, tuve suerte. Allí perecieron muchos de mis congéneres.

— ¿Aun así, no odias a los humanos?

—En el corazón de los perros no hay lugar para el odio —respondió Pavlov.

Las visitas comenzaron a llegar. El pequeño se despidió con la colita en alto repitiendo para sus adentros: «Todo es cuestión de fe, todo…».  

La nariz del beagle olfateo entre la multitud el olor inconfundible del veterinario, que cada fin de mes suele traer la eutanasia para los perros viejos.

«¿Quizá hoy será nuestro día de suerte? —pensó— ya no quedan perros más viejos que yo»

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