La noche tenía sus propias reglas. No estaban escritas en ningún lugar, pero quienes frecuentaban aquellos bares de luces tenues las aprendían pronto: nadie era de nadie, aunque todos fingieran lo contrario.
Cristian encendió un cigarrillo antes de cruzar la puerta del club. Saludó al guardia con la familiaridad de quien llevaba años recorriendo el mismo camino. Dentro, la música cubría las conversaciones y el humo dibujaba sombras sobre los rostros.
Buscó con la mirada a Valeria, la mujer que durante meses había sido su compañía habitual. Ella también lo vio. Bastó un segundo para reconocer esa mezcla de reproche y resignación que aparecía cada vez que él desviaba la vista hacia otra mesa.
—Otra vez mirando el menú completo —bromeó Henry, golpeándole el hombro.
Cristian sonrió con incomodidad.
—Quería conocer a alguien diferente... pero luego ella se enfada.
Román, que escuchaba desde la barra, soltó una carcajada.
—El problema es que actúas como si esto fuera una historia de amor. Si quieres conocer a otra, dilo sin rodeos. Si funciona, perfecto. Si no, vuelves. Todos saben cómo funciona este lugar.
Henry negó con la cabeza.
—Eso dices porque nunca has visto cómo se enteran de todo. Aquí los secretos duran menos que una canción.
Se inclinó sobre la mesa.
—Las chicas hablan entre ellas. Los meseros también. Puedes cambiar de local y, antes de terminar la noche, alguien ya sabe con quién estuviste.
Cristian guardó silencio. Recordó aquella ocasión en que había compartido unas horas con una joven nueva. Al regresar la semana siguiente, Valeria ya conocía cada detalle. No había gritos, solo un frío distante que pesaba más que cualquier discusión.
—Una vez me pasó algo peor —comentó Román mientras daba un sorbo a su vaso—. Resultó que la chica con la que salí era enemiga de la que siempre veía. Aquello fue un desastre. Desde entonces, si quiero evitar problemas, prefiero salir con las amigas de la misma.
Joaquín, que hasta entonces permanecía callado, sonrió con ironía.
—Lo curioso es que algunos actúan como si hubiera exclusividad. Pagamos por un momento, no por una promesa. Ellas continúan con su vida cuando uno se va, igual que nosotros.
Las palabras quedaron suspendidas entre el ruido de la música.
Desde una esquina, Alfonso observaba cómo una de las chicas tomaba discretamente una fotografía con su teléfono y la enviaba por mensajería. Sonrió.
—¿Ven? Ni siquiera hace falta preguntar. Aquí las noticias viajan más rápido que en avión.
Todos rieron.
Cristian apagó el cigarrillo y recorrió el salón con la mirada. Comprendió que aquel lugar funcionaba como un pequeño pueblo escondido bajo luces de neón. Había alianzas, rivalidades, códigos invisibles y una red de información imposible de romper. Cada cliente creía vivir una historia distinta, cuando en realidad todos formaban parte del mismo relato.
Esa noche volvió a quedarse con Valeria. No porque creyera que existía un vínculo especial entre ellos, sino porque entendió algo más sencillo y más humano: incluso en un escenario construido sobre encuentros pasajeros, las personas seguían necesitando reconocimiento. No era amor, tampoco fidelidad. Era la ilusión de ser recordados, aunque solo fuera hasta que las luces del club volvieran a apagarse.

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