PAVLOV
Jurupi, el más pequeñín del albergue, se
despertó con el ruido metálico de las aldabas; no había dormido casi nada a causa de la ansiedad, pero apenas vio el rectángulo de luz que entró a través de la puerta abierta, salió disparado en busca de
Pavlov.
Bajo un banco de piedra dormía
profundamente un beagle rengo y ciego,
el más viejo del refugio.
Jurupi saltaba emocionado y ladraba alto para
que Pavlov, que ya estaba quedándose sordo, lo escuchara.
— ¿Es verdad todo lo que dicen de ti?
—preguntó Jurupi.
— ¿Y qué ladran esos cínicos callejeros? —respondió
Pavlov, incorporándose a duras penas sobre sus patas delanteras.
—Que, en asuntos de humanos, sois el más
sabio de los perros —dijo el pequeño saltarín.
—Si ellos lo dicen… por algo será —respondió Pavlov sacudiendo la cabeza para quitarse la pesadez de la noche, y acariciándolo con su patita le dijo:
—Aprende esto mi pequeño: los perros no sabemos mentir. Pero… ¿A qué viene tanta pregunta?
— Ayer han visto mis fotos en la red —dice
Jurupí emocionado—, y hoy llegan mis humanos para adoptarme. Quiero que me
digas: ¿Cómo saber si un humano es bueno o malo?
— ¿Y por qué te preocupas tanto? —le ladró
Pavlov, mirándole con sus ojos vacíos.
¿Te acuerdas de Copo, el caniche que
aullaba la noche entera? —preguntó Jurupí.
—Claro que sí.
—¿Sabías que después de adoptarle lo
abandonaron? Ahora vagabundea por las calles.
—Es cuestión de suerte.
—¿Recuerdas a Tonny…? Sus humanos lo
maltratan. ¿Ahora ves por qué me preocupo?
Pavlov ladró quedo para tranquilizar a su
pequeño amigo.
— Ya entiendo. —Movió la cabeza—. Piensa… vienen
por ti a un refugio, de seguro serán gente buena. Los humanos tienen el corazón
más hermoso que se ha creado; y su mente es la octava maravilla en todo el
universo, pero es extraña e imposible de descifrar.
He conocido a los científicos, son los humanos más brillantes. He visto en ellos la genialidad y la crueldad combinada de forma tal, que no pude discernir la línea que las divide. Son como dioses y con los dioses sólo funciona la fe.
Jurupi quedó pensativo mirando las orejas
colgantes del ciego. Pavlov se erguía como una efigie de misterio. Entonces
pregunto:
—¿Es verdad que viviste tu cachorrez dentro de un laboratorio?
—Y buena parte de mi vida —contestó
Pavlov—. Sobreviví a las pruebas de toxicidad DL50 y, aunque quedé ciego y casi
sordo, tuve suerte. Allí perecieron muchos de mis congéneres.
— ¿Aun así, no odias a los humanos?
—En el corazón de los perros no hay lugar
para el odio —respondió Pavlov.
Las visitas comenzaron a llegar. El pequeño se despidió con la colita en alto repitiendo para sus adentros: «Todo es cuestión de fe, todo…».
La nariz del beagle olfateo entre la multitud el olor inconfundible del veterinario, que cada fin de mes suele traer la eutanasia para los perros viejos.
«¿Quizá hoy será nuestro día de suerte? —pensó— ya no quedan perros más viejos que yo»