27 enero 2026

Isis

Ulises Díaz



Isis

Una mañana esplendida de abril, las luces de los faroles se extinguen y un sol de oro emerge tiñendo de luz tapias y enredaderas en el barrio La Alborada. Zeus, un gato que ha pasado la noche enamorado de la luna, se estira sobre una cornisa buscando calor. El olor de las madreselvas se derrama sobre las veredas y un viento tenue esparce su polen sobre los jardines de las casas vecinas. Plutón, el viejo perro, estornuda irritado.

Los Insectos madrugadores revolotean entre flores colmadas de rocío. Isis cruza como un dardo tornasolado. Se detiene en un imposible punto del espacio. Su lengua de espada va y viene en el vientre mismo de las flores. Sus alas vibrantes revolotean a una velocidad increíble setenta veces por segundo que ni los ojos aguzados de Zeus pueden captarlas. Isis está en su trabajo diario: recolectar alimento para sus dos pichones.

Caramelo y Miel rompieron sus cascarones hace apenas dos semanas. Caramelo es colorido y vivaracho, todo un galán; la pequeña Miel tiene unas plumitas azules que pueblan el contorno de sus ojos como si fuesen unas gafas de moda. Cuando mamá llega con el alimento —que suele ser tres veces por hora— abren sus picos, cual tijeras, reclamando bulliciosos algo de azúcar y uno que otro insecto diminuto para alimentar sus minúsculos cuerpos; no más grandes que un abejorro.

Esta mañana será muy ajetreada para la joven colibrí, es su primera nidada y está un tanto preocupada. Su nido, que pende de una tapia, con las lluvias de la noche, está a punto de desmoronarse. De modo que, entre viaje y viaje, va cargada de hojas, musgo y una que otra pelusilla para repáralo. Pero el hambre no perdona, los colibríes no pueden dejar de comer, sus corazones son máquinas de alta revolución —mil latidos por minuto.

En la mañana el barrio permanece en aparente calma, los niños asisten a la escuela. De cuando en cuando pasa un auto. Al mediodía el carro repartidor rompe la paz de los polluelos con su claxon altisonante. A inicios de la tarde, después de sonar las sirenas de las escuelas, las veredas se llenan de bulliciosos chiquillos.

Manolo y Pedro regresan a casa jugando a corretearse. De pronto, algo los detiene. Algo verde, coruscante corta el aire a modo de saeta: es Isis. 
Armados con sendas resorteras, Pedro intenta un disparo y falla. Isis hace un giro sorprendente, se eleva y vuelve a descender sobre la corola de la flor que guarda el preciado alimento. Es cuestión de segundos y despegará como un rayo, aunque esta vez el azar no está de su lado, Manolo dispara y acierta...

El ¡hurra! de los niños despierta a Plutón que ladra enfurecido. Sobre la cornisa Zeus parece de piedra. En sus ojos, de verde jade, el tiempo se vuelve eterno. 

La tarde se apaga sobre el piar tenue de los pichones. Tras el ventanal de la casa Manolo y Pedro juegan en las pantallas de sus ordenadores.


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