Describir personajes, construir escenarios, armar tramas, crear intrigas y suspenso… contar cuentos. Escribir echando mano de un sinfín de técnicas y argucias, con el solo objetivo de atrapar al lector entre las páginas de un libro, de cautivarlo, de mantenerlo en vilo; es, si no la única, la mejor manera de contar historias.
¿Quién no se ha encontrado alguna vez viajando a lo largo de esas avenidas de tinta sobre el nevado territorio de una página?, ¿quién no se ha sumergido en ese claro oscuro paisaje de artificio que es un libro? Si no os habéis detenido alguna vez, el tiempo suficiente, a contemplar el fondo del alma transparente o turbulenta de un escritor, hacedlo ahora, siempre hay tiempo. Acariciad el manso lomo de un libro y sumergíos en su universo. Aunque fuese un tratado de ficción, encontrareis en él, un ancla que os sujete a la realidad. Porque toda historia, real o hipotética, está construida en clave humana.
¿Por qué quinientas?
Te has preguntado alguna vez, ¿cuál es la extensión precisa de una historia? Las hay tan cortas como el cuento del dinosaurio de Augusto Monterroso (siete palabras); o tan largas (con miles de páginas) como En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Incluso, hay algunas infinitas, como aquella con la que me torturaba mi padre cuando le insistía hasta el cansancio que me leyera algún relato. Él, rendido por sus largas jornadas en el taller, abría un libro, respiraba profundo, se ponía ceremonioso y comenzaba su perorata:
—Era una noche tormentosa y el capitán le dijo al marinero: —Cuéntanos una historia— y el marinero comenzó: —Era una noche tormentosa y el capitán le dijo al marinero: —Cuéntanos una historia— y el marinero comenzó: —Era una noche tormentosa…
—Era una noche tormentosa y el capitán le dijo al marinero: —Cuéntanos una historia— y el marinero comenzó: —Era una noche tormentosa y el capitán le dijo al marinero: —Cuéntanos una historia— y el marinero comenzó: —Era una noche tormentosa…
Mi mente infantil, atrapada en ese absurdo bucle, barruntaba ya lo complejo del lenguaje.
Aproximadamente quinientas palabras es la extensión recomendada por la pedagogía cuando se escribe para niños. Me lo dijo el editor de la revista para la cual colaboré con mi primer cuento infantil. Ya veréis que los relatos infantiles no son mi fuerte, quizá son demasiado crudos. Algunos, inclusive, podrían herir sus mentes de “plastilina”. Perdonadme de antemano.
Faltos, mis cuentos, de esa ingenua candidez que tanto gusta a los niños; intenté, a modo de compensación, alguna argucia matemática para imponerles un plus lúdico. Están construidos exactamente con quinientas palabras, desde el título hasta el punto final. El tema en general es un canto a los animales, a sus razones silenciosas, a sus vidas grises y apagadas, a su naufragio en el vertiginoso mundo de los humanos.
La tarea me ha exigido una economía de palabras y una precisa síntesis de las historias. Ahora su redondez es también aritmética. Los relatos emergen como pequeños botones de savia, se mueven como artefactos de fina relojería y florecen en una filigrana de palabras. Espero que los valoren también en ese sentido. Y espero, ¿por qué no?, que estas historias silvestres hundan sus raíces en sus fértiles mentes.

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