30 agosto 2026

El niño milagroso


Paul R. Alhazred

La sala comunal estaba llena hasta el último rincón. Ese día, los habitantes de San Paúl se habían congregado como pocas veces: ropa limpia, rostros serios, manos inquietas. Recibían a los enviados de la cooperativa de crédito. Entre murmullos y expectativas, un joven se puso de pie.

—Sean bienvenidos, amigos —dijo Alejandro, con una voz clara, templada como río de montaña—, somos una comunidad pequeña y humilde, pero rica en lo que no siempre se ve. Si nos ayudan con los créditos, cada familia podría iniciar su emprendimiento y San Paúl se alzaría como nunca.

Su figura destacaba: alto, de tez clara, ojos color musgo. No parecía tener más de veinte años. Su tono sereno, sin esfuerzo, acalló a la multitud. Había en él algo que imponía respeto, como si sus palabras no fueran improvisadas, sino dictadas por una memoria más antigua que él mismo. Los comuneros asintieron en silencio, con una fe que parecía venirles desde siempre.

Ricardo y Valentina intercambiaron una sonrisa satisfecha. Se sellaron compromisos de palabra y se anunció que más de treinta familias accederían a microcréditos: una fórmula nacida lejos, en Bangladesh, pero que en San Paúl sonaba a profecía cumplida. 

Después, en una charla informal entre funcionarios y líderes, uno de ellos lanzó una pregunta casi con sorna:

—¿Y ese joven… es hijo de algún extranjero?

Nadie respondió de inmediato. Alejandro ya no estaba en la sala; se lo veía a lo lejos, caminando entre las casas de barro y madera, envuelto por la bruma y el verdor de los cafetales.

—Su nacimiento fue como un milagro —dijo finalmente don Johnny, su tío, con un brillo en los ojos que mezclaba orgullo y nostalgia—. Sus padres eran indígenas, labradores del monte. Pero el niño nació blanco, con los ojos como esmeraldas. Y desde pequeño... sanaba con solo tocar.

La comunidad de San Paúl se esconde en una estribación de la cordillera occidental, donde la neblina acaricia los caminos rotos y el canto de los insectos se mezcla con los rezos. Para llegar, Ricardo y Valentina caminaron más de dos horas desde la última carretera, sudando entre helechos y piedras sueltas.

Valentina iba en silencio, pero por dentro, un eco del pasado la estremecía. Recordaba una peregrinación junto a su padre, cuando buscaban la ayuda de aquel Niño Milagroso, en un momento crítico de su segundo embarazo.

—¿Él es el mismo? —preguntó ahora, al ver de nuevo el rostro de Alejandro—. ¿El que curaba con solo poner las manos?

—Aquí todavía le decimos “El Niño” —respondió don Johnny, sonriendo—. Hasta que cumplió diez años, venían cientos de peregrinos. De la capital, de la costa, incluso del otro lado de la frontera. Le traían velas, billetes doblados en papel de colores, hasta joyas. Y él sanaba. Con un roce. Con una palabra. Pero los poderes, dicen, se desvanecen si no se cultivan. La escuela… el mundo… lo alejaron de eso.

Ricardo lo miró con escepticismo.

—¿Y ahora qué hace?

—Ahora motiva —dijo don Johnny—. Todavía tiene ese don: hace que la gente crea.

Antes de marcharse, Valentina y Ricardo visitaron una pequeña capilla en el borde del camino. Allí, Valentina dejó encendida una vela. Recordó la vez que no pudo llegar hasta El Niño, pero su hija, contra todo pronóstico, nació sin complicaciones. Fue un viaje duro, de esos que uno cree olvidar y su recuerdo se queda dormido, esperando una señal para volver.

Mientras, Alejandro anota nombres en la soledad de su cabaña. Una figura del Divino Niño vigila desde un altar improvisado. A veces, como un zumbido antiguo, le llegan imágenes confusas: él sobre los hombros de su padre, semidesnudo, con la piel que brillaba bajo el sol. Las manos extendidas, el murmullo de las plegarias, el calor de las velas, el peso del milagro.

Recuerda también la burla de sus compañeros de escuela, las sospechas sobre su origen. Algunos lo relacionaban con el cura español, que visitaba la parroquia con una sonrisa extraña. Otros decían que era hijo de la montaña misma, nacido del barro y la luz.

Hoy, a punto de cumplir veinte años, Alejandro sabe que algo de ese poder sigue en él. Tal vez no para curar huesos rotos ni pulmones enfermos, pero sí para dar esperanza, para sembrar fe donde solo hay sequía.

Mira la foto de su padre pegada al lado del altar.

—Vamos a por esos créditos, papá —susurra—. ¿Qué es lo peor que podría pasar?

Afuera, la lluvia empieza a caer como una bendición antigua sobre los techos de zinc. Y por un instante, el aire huele a romero y a tierra húmeda, como si los milagros aún caminaran por San Paúl.

Meses después, la oficina de Valentina permanecia con un silencio apenas roto por el zumbido del ventilador y el crujido de papeles. En su escritorio, una caja de cartón contenía los documentos firmados por más de treinta comuneros. 

El eco de las últimas noticias retumbaba dentro de ella: uno tras otro, los rumores se habían confirmado: el dinero de los microcréditos, todos, había sido entregado en efectivo a Alejandro, bajo el pretexto de un supuesto proyecto turístico que reactivaría la economía local. Prometió un hostal ecológico, rutas de senderismo guiadas por los propios comuneros, talleres de medicina ancestral. Les había hablado de inversiones, de visitantes europeos, de “poner a San Paúl en el mapa”.

Y todos creyeron. Porque cuando Alejandro hablaba, uno no solo lo escuchaba: uno quería creerle.

Valentina bajó la cabeza, agotada. En la pantalla de su computador aún brillaban las palabras de Ricardo: "nuestra filosofía parte de creer en las personas...". Ella se quedó mirando esa frase por unos segundos, preguntándose: ¿qué pasa cuando alguien sabe usar esa confianza como un arma? ¿Qué ocurre cuando alguien convence tan bien que logra engañar a todos?

En San Paúl, el aire era denso. Las tardes parecían más pesadas desde que el milagroso desapareció. No quedaba rastro de Alejandro ni de su tío Johnny. La cabaña del joven estaba vacía, y en el altar improvisado del Divino Niño, alguien había dejado una hoja de papel arrugada. En ella, garabateadas con trazo nervioso, unas pocas palabras: “No nos falles tú también”.

Los comuneros, entre la pena y la rabia, se dividían. Algunos insistían en que todo era un malentendido, que Alejandro volvería con un contrato firmado, con turistas y camiones cargados de materiales. Otros callaban, avergonzados, evitaban el tema y los ojos de sus vecinos. Pero unos cuantos, los más viejos, hablaban en susurros de lo que siempre supieron: que ninguna gracia dura para siempre, que hasta los santos caen si se les mira demasiado de cerca.

—Nunca fue un santo —decía una anciana encorvada, mientras echaba agua hirviendo en una vasija de barro—. Fue un niño especial, sí. Pero los dones no son eternos si uno los tuerce.

En su informe final a la gerencia, Ricardo evitó usar la palabra “estafa”. Prefirió hablar de “crisis de confianza”, de “lecciones institucionales”. Sugirió reforzar las garantías comunitarias, mejorar la evaluación previa de proyectos, crear filtros más estrictos. Pero evitó mencionar que él mismo había defendido al milagroso, creyendo que esa fe ciega era virtud.

Valentina, por su parte, ya no dormía bien. Soñaba con el altar, con las velas consumidas, con un niño de ojos verdes que le decía al oído que no todo está perdido. A veces pensaba que si él volviera, si se parara otra vez frente a la asamblea comunal, su sola voz volvería a apaciguar los ánimos. Así de fuerte era el hechizo.

Y aunque nadie lo decía en voz alta, todos sabían que Alejandro no había sido el primero. La historia está llena de hombres capaces de mover montañas con palabras, de encender esperanzas, de tomarlo todo sin dejar rastro.

Quizá su único verdadero milagro fue ese: convencer a todo un pueblo de que podían ser algo más. Aunque fuera solo por un momento. Y aun cuando se apagó la última vela del altar, hubo quien se atrevió a encender una nueva. Por si acaso regresaba.

27 junio 2026

Obligados a ganar

Quiero ser Chequia
y haber pisado el Estadio Azteca
para perder tres a cero frente a la Tri.

Quiero ser Qatar
y celebrar mi primer punto mundialista
contra los puntuales suizos.

Quiero ser Haití
y perder contra todos mis rivales,
en especial contra Brasil,
ese gigante del que también soy hincha.

Quiero ser Turquía
y perderlo casi todo,
pero ganarle al Tío Sam
en el último suspiro.

Quiero ser Curazao
y hacerle mi primer gol
a la máquina germana.

Quiero ser Túnez
y caer por goleada
ante los supercampeones nipones.

Quiero ser Nueva Zelanda
y perder contra todos,
menos contra el europeo.

Quiero ser Arabia Saudita
y empatar con todos,
menos contra el europeo.

Quiero ser Irak
en la tierra hostil de Terminator.

Quiero ser Jordania
en el grupo del campeón reinante
que ya no tiene nada que ganar.

Quiero ser Uzbekistán
en la tierra hostil de Rambo.

Quiero ser Panamá
sorprendiendo a los inventores del fútbol.

Porque no todo es ganar.
Porque a veces perder también es quedarse en la memoria.
Porque hay derrotas que se celebran como iniciaciones
y empates que valen más que una copa.

En un mundo que te obliga a levantar trofeos,
a veces lo más hermoso
es entrar a la cancha sin miedo,
jugar como quien baila,
perder si toca perder,
pero pasarlo bien.

Porque las victorias, a veces,
son el idioma de los aduladores.
Y la verdadera gloria
es haber estado ahí,
aunque el marcador diga lo contrario.

Valeria 155 (Noche de decisiones difíciles)


La noche tenía sus propias reglas. No estaban escritas en ningún lugar, pero quienes frecuentaban aquellos bares de luces tenues las aprendían pronto: nadie era de nadie, aunque todos fingieran lo contrario.

Cristian encendió un cigarrillo antes de cruzar la puerta del club. Saludó al guardia con la familiaridad de quien llevaba años recorriendo el mismo camino. Dentro, la música cubría las conversaciones y el humo dibujaba sombras sobre los rostros.

Buscó con la mirada a Valeria, la mujer que durante meses había sido su compañía habitual. Ella también lo vio. Bastó un segundo para reconocer esa mezcla de reproche y resignación que aparecía cada vez que él desviaba la vista hacia otra mesa.

—Otra vez mirando el menú completo —bromeó Henry, golpeándole el hombro.

Cristian sonrió con incomodidad.

—Quería conocer a alguien diferente... pero luego ella se enfada.

Román, que escuchaba desde la barra, soltó una carcajada.

—El problema es que actúas como si esto fuera una historia de amor. Si quieres conocer a otra, dilo sin rodeos. Si funciona, perfecto. Si no, vuelves. Todos saben cómo funciona este lugar.

Henry negó con la cabeza.

—Eso dices porque nunca has visto cómo se enteran de todo. Aquí los secretos duran menos que una canción.

Se inclinó sobre la mesa.

—Las chicas hablan entre ellas. Los meseros también. Puedes cambiar de local y, antes de terminar la noche, alguien ya sabe con quién estuviste.

Cristian guardó silencio. Recordó aquella ocasión en que había compartido unas horas con una joven nueva. Al regresar la semana siguiente, Valeria ya conocía cada detalle. No había gritos, solo un frío distante que pesaba más que cualquier discusión.

—Una vez me pasó algo peor —comentó Román mientras daba un sorbo a su vaso—. Resultó que la chica con la que salí era enemiga de la que siempre veía. Aquello fue un desastre. Desde entonces, si quiero evitar problemas, prefiero salir con las amigas de la misma.

Joaquín, que hasta entonces permanecía callado, sonrió con ironía.

—Lo curioso es que algunos actúan como si hubiera exclusividad. Pagamos por un momento, no por una promesa. Ellas continúan con su vida cuando uno se va, igual que nosotros.

Las palabras quedaron suspendidas entre el ruido de la música.

Desde una esquina, Alfonso observaba cómo una de las chicas tomaba discretamente una fotografía con su teléfono y la enviaba por mensajería. Sonrió.

—¿Ven? Ni siquiera hace falta preguntar. Aquí las noticias viajan más rápido que en avión.

Todos rieron.

Cristian apagó el cigarrillo y recorrió el salón con la mirada. Comprendió que aquel lugar funcionaba como un pequeño pueblo escondido bajo luces de neón. Había alianzas, rivalidades, códigos invisibles y una red de información imposible de romper. Cada cliente creía vivir una historia distinta, cuando en realidad todos formaban parte del mismo relato.

Esa noche volvió a quedarse con Valeria. No porque creyera que existía un vínculo especial entre ellos, sino porque entendió algo más sencillo y más humano: incluso en un escenario construido sobre encuentros pasajeros, las personas seguían necesitando reconocimiento. No era amor, tampoco fidelidad. Era la ilusión de ser recordados, aunque solo fuera hasta que las luces del club volvieran a apagarse.

24 mayo 2026

Pavlov

 


PAVLOV                                                                          Ulises Díaz

Jurupi, el más pequeñín del albergue, se despertó con el ruido metálico de las aldabas; no había dormido casi nada a causa de la ansiedad, pero apenas vio el rectángulo de luz que entró a través de la puerta abierta, salió disparado en busca de Pavlov. 

Bajo un banco de piedra dormía profundamente un beagle rengo y ciego, el más viejo del refugio.

Jurupi saltaba emocionado y ladraba alto para que Pavlov, que ya estaba quedándose sordo, lo escuchara.

  — ¿Es verdad todo lo que dicen de ti? —preguntó   Jurupi.  

— ¿Y qué ladran esos cínicos callejeros? —respondió Pavlov incorporándose a duras penas sobre sus patas delanteras.

—Que, en asuntos de humanos, sois el más sabio de los perros —dijo el pequeño saltarín.

—Si ellos lo dicen… por algo será —respondió Pavlov sacudiendo la cabeza para quitarse la pesadez de la noche, y acariciándolo con su patita le dijo:

Aprende esto mi pequeño: los perros no sabemos mentir. Pero… ¿A qué viene tanta pregunta?

— Ayer han visto mis fotos en la red —dice Jurupí emocionado—, y hoy llegan mis humanos para adoptarme. Quiero que me digas: ¿Cómo saber si un humano es bueno o malo?

— ¿Y por qué te preocupas tanto? —le ladró Pavlov, mirándole con sus ojos vacíos.

¿Te acuerdas de Copo, el caniche que aullaba la noche entera? —preguntó Jurupí.

—Claro que sí.

—¿Sabías que después de adoptarle lo abandonaron? Ahora vagabundea por las calles.

—Es cuestión de suerte.

—¿Recuerdas a Tonny…? Sus humanos lo maltratan. ¿Ahora ves por qué me preocupo?

Pavlov ladró quedo para tranquilizar a su pequeño amigo.

— Ya entiendo. —Movió la cabeza—. Piensa… vienen por ti a un refugio, de seguro serán gente buena. Los humanos tienen el corazón más hermoso que se ha creado; y su mente es la octava maravilla en todo el universo, pero es extraña e imposible de descifrar.

He conocido a los científicos, son los humanos más brillantes. He visto en ellos la genialidad y la crueldad combinada de forma tal, que no pude discernir la línea que las divide. Son como dioses y con los dioses sólo funciona la fe.

Jurupi quedó pensativo mirando las orejas colgantes del ciego. Pavlov se erguía como una efigie de misterio. Entonces pregunto:

—¿Es verdad que viviste tu cachorrez dentro de un laboratorio?

—Y buena parte de mi vida —contestó Pavlov—. Sobreviví a las pruebas de toxicidad DL50 y, aunque quedé ciego y casi sordo, tuve suerte. Allí perecieron muchos de mis congéneres.

— ¿Aun así, no odias a los humanos?

—En el corazón de los perros no hay lugar para el odio —respondió Pavlov.

Las visitas comenzaron a llegar. El pequeño se despidió con la colita en alto repitiendo para sus adentros: «Todo es cuestión de fe, todo…».  

La nariz del beagle olfateo entre la multitud el olor inconfundible del veterinario que cada fin de mes suele traer la eutanasia para los perros viejos.

«¿Quizá hoy sea nuestro día de suerte? —pensó— ya no quedan perros más viejos que yo»

28 febrero 2026

El gato de Schrodinger

Ulises Díaz


El gato de Schrodinger

Advertencia:

El escritor dispone de quinientas palabras para narrar esta historia. Si lo logra, se esfumará de ella y, yo —el gato—, quedaré atrapado eternamente en estas líneas relatándola una y otra vez, mientras tú o alguien más la lea.

Soy un minino imaginario. Nací en la mente de un científico: un físico teórico de apellido Schrodinger que pretendía entender y explicar la cuántica. Para ello me encerró en una caja, también imaginaria, junto con un gas mortal que me amenaza constantemente. No me dio un nombre, por si te encariñabas conmigo, porque esta historia no se trata de mí, sino de la cuántica.

Afina tus ideas, si entiendes el cuento, entiendes la cuántica.

A simple vista vemos cuerpos. Todas las cosas: los animales, las personas, los gatos reales, y tú, por supuesto, están formadas de partes.

Descomponer el Todo en sus partes es analizarlo. Hacerlo pedacitos cada vez más pequeños para averiguar de qué están hechas las cosas; pulverizarlas e incluso más allá.

¿Alguna vez has desarmado un juguete con el fin de saber de qué está hecho?

Demócrito, un filósofo griego, lo hizo mentalmente y propuso que el mudo está formado de partes muy pequeñas llamadas átomos. Ahora sabemos que hay partes aún más pequeñas llamadas quantums

Un quantum es la «cosa» más pequeñita que pueda existir. No lo puedes ver, solo medir sus efectos, incluso pensar en ella es muy difícil; pero existe, no es una mera fantasía. Si pudiéramos descender por la escalera de las partes hasta su último escalón: este sería el quantum. Desde allí «miraríamos» la nada. ¿Me sigues?

Yo vivo en ese último escalón. Imagíname tan diminuto como un quantum atrapado en esta caja obscura. A mi lado un frasco con gas venenoso, un martillo que amenaza con romperlo y un dispositivo radiactivo a punto de accionar el martillo. Las posibilidades son cincuenta y cincuenta, como lanzar una moneda. Mientras tú lees estas líneas puede activarse el dispositivo o puede que no.

Los científicos llaman a estos juegos mentales: gedanken, lo usan para investigar sin salir de su cerebro, son más baratos y están al alcance de todos; deberías hacer la prueba.

Mientras cuento esta historia, te puede parecer que estoy vivo y que el martillo aún no cae, o que la radioactividad se emitió y el martillo cayó, entonces estoy muerto. Nadie lo puede saber, ni el señor Schrodinger, mientras no abra la caja.

Supongamos que tú decides abrirla; me encontrarás vivo o muerto, una de dos. Es lo lógico en tu mundo de cosas grandes. Pero en el mundo de los quantums, donde nadie puede observarme, estoy vivo y a la vez estoy muerto, las dos realidades al mismo tiempo. Se llama superposición: dos realidades que coexisten.

Es la versión del gato vivo la que está narrando esta historia. ¿Estaré vivo o muerto?

No sufras, no puedes salvarme. Si abres la caja podrías matarme. ¿Entiendes?

A veces la realidad es más increíble que la ficción.


21 febrero 2026

Diamante


Ulises Díaz 

Diamante

A finales de los sesenta el Apolo 11 había llegado a la luna, los mayores solo hablaban de aquello.

Cuenca era por entonces algo más que una pequeña aldea. Comenzaba en el puente del Vado y terminaba en la Chola Cuencana. Por las mañanas caminábamos con mi hermano unas cuantas calles rumbo a la escuela.

Me recuerdo… siempre bien peinado. Solían vestirnos con pantalón sempiterno azul, camisa blanca de cuello almidonado y corbata roja de pajarita a la que mamá llamaba: corbata mishi.

Una mañana gris que amenazaba lluvia, marchaba apurado rumbo a la escuela, me esperaba un examen de aritmética. Iba solo, Pedro amaneció indispuesto.

De pronto, se desataron los truenos, retumbaron en los cristales de las casas. Sobre las montañas, las tortuosas líneas de los rayos cortaban en retazos el cielo. El chubasco cayó con violencia; en instantes la calle quedó desierta.

Me guarecí bajo un portal cercano y allí lo vi sentado sobre sus patitas traseras, parecía un trapeador empapado. Bajo la mugre y la hojarasca, su pelo debía ser blanco.

Le faltaba la mitad de una oreja y me miraba con profundo desamparo, una mezcla de miedo y esperanza que me caló más que la lluvia. No me movía la cola, solo tiritaba.

Estuvimos allí por un momento, uno al lado del otro. Dos seres finitos frente a la inmensidad inclemente de los elementos. Sumergidos en un olor a tierra mojada, contemplando los pupitos que hacen las gotas de lluvia al golpear en los charcos. Éramos solo los dos y nos sosteníamos con los ojos para no hundirnos en esa soledad anegada.

No sabía su nombre, entonces ensaye: «Diamante, diamantito». Lo llamé así por el destello luminoso de sus pupilas. Se puso de pie y, haciéndose pequeñito, acercó su cabeza bajo la palma de mi mano como sí nos conociéramos desde siempre.

Compartimos el fiambre, un pan con dulce que mamá preparaba. «Un pedazo para ti… uno para mí». El desayuno terminó tan pronto como la lluvia y partí de prisa; pero antes, le pedí que me esperara allí, que volvería pronto.

Unas horas después lo busqué en el portal, recorrí los parques cercanos, nadie lo había visto. ¿¡Cómo no fijarse en esos ojos abisales!?

Esa noche, con Pedro, volvimos a la calle. Hacía tanto frío. No dejábamos de pensar en Diamante helándose en algún callejón abandonado.

Las imágenes del Apolo estaban por doquier. Tras el mostrador, una señora blanca y redonda movía su cabeza como una luna tambaleante mientras decía: «No, no lo he visto».

Nos quedamos mirándola. Sobre ella colgaba un módulo lunar de cartón fijado al tumbado. Una viva metáfora del alunizaje, cortesía de pasta dental Efil.
Miré a Pedro… él también sonreía. 
De vuelta a la calle, el astro flotaba diáfano en el espacio proyectando sombras fantasmales. Anduvimos sin rumbo meditando en la soledad de los hombres en la luna, en esos vastos espacios de negrura.

El recuerdo de la mirada de Diamante me encandilaba como dos faros en la noche.

17 febrero 2026

Lunes catorce de carnaval



Paúl R. Alhazred

Me golpea como río caudaloso recordar ese carnaval del noventa y cuatro. Con diecisiete años, mis alborotadas hormonas apuntaban hacia la vecina de la casa de enfrente. Un domingo trece de febrero, primer día del carnaval, se encendía la fiesta en los barrios. Saludar con los vecinos, confraternizar con extraños podía ser un buen pretexto para acercarme a aquella chica que me gustaba y con la cual apenas había cruzado algunas miradas y un par de palabras.

«Mañana es San Valentín», pensaba con la emoción juvenil y la ilusión de aparecer de pronto en el mapa de sus pretendientes. Su casa y la mía bullían de familiares y, sin darme cuenta, no sé en qué momento ni en qué situación, me encontraba dentro de un grupo que compartía alrededor de una guitarra y unas botellas. Los sentidos al máximo: el olor a espuma de carnaval, la comida tradicional, el «canelazo», el ritual de mojarse y quedarse con la ropa húmeda que terminaba por secarse en tu mismo cuerpo.

De pronto, todo eso quedaba en segundo plano, reemplazado por las canciones de Leonardo Fabio, José José y otras cuyo autor ya nadie recuerda, pero son tan populares como el “cumpleaños feliz”. Le pedí prestada la acústica a mi abuelo, una Yamaha-250 que sonaba muy bien. Yo apenas sabía algunos acordes, pero mis nuevos camaradas estuvieron muy complacidos con mi aporte para el improvisado ensayo. El trato quedaba implícito: prestaría la guitarra a cambio de una serenata a Maritza, la prima colegiala de mis vecinos.

El grupo se fue haciendo más grande. En cuestión de una hora se había duplicado y éramos ya más de una veintena de nombres los que llenaban la lista del cantante principal, un recorrido que, si empezábamos antes de la medianoche, sin problemas nos llevaría hasta el amanecer. «A la prima dejemos para el último», afirmó con precisión logística el cantante, mientras trazaba el recorrido en su humedecida hoja de ruta.

No contaba con los galanes de barrio que se anotaron con dos o más serenatas o el primo que tenía que dar sereno a su esposa, a su novia y a su “amiga”. El repertorio se redujo a dos canciones separadas con la dedicatoria que tenía que gritar a viva voz el interesado o el mismo cantante. Un poco antes de las seis de la mañana finalizábamos en la casa de Maritza con Plegaria y La noche azul, que ya casi era blanca. Vi la luz de su cuarto prenderse, inequívoca señal de haber escuchado aquellos murmullos trasnochados.

Aquella señal era la confirmación de que todo valió la pena. «Más tarde ya concretas», me dijo el cantante al despedirse. Crucé la calle con la emoción de mi primera serenata y dispuesto a enfrentar las reprimendas de la escapada nocturna. «Todo valió la pena», me repetía.

Era lunes de carnaval, 14 de febrero. No nos hicimos novios. No hubo beso. Solo una conversación larga, suave, honesta, mientras el carnaval seguía su fiesta. Ella me agradeció la serenata, me tomó la mano por un segundo y me confesó que, luego de graduarse, se iría de la ciudad.

Nos despedimos. El carnaval, ruidoso como siempre, era ajeno a mi pequeña melancolía. Pero sentía una calma extraña, como quien ha hecho lo que debía.

Los años pasaron. El carnaval volvía cada febrero, a veces frío, a veces cálido. San Valentín también. Pero nunca más volvió a coincidir un lunes de carnaval con un 14 de febrero. Ahora sé que aquella fecha única fue un regalo, un instante que el tiempo me concedió solo una vez.

A veces ha estado cerca, como este dos mil veintiséis, pero será irrepetible aquella guitarra temblorosa, la ventana encendida, la sonrisa de Maritza y el rumor lejano de la fiesta. No siento tristeza, sino un brillo suave, como una luciérnaga que uno guarda en el pecho.

Y ahora lo entiendo: hay fechas que solo pasan una vez. Y algunas, aunque nunca regresen, se quedan para siempre.

14 febrero 2026

Nostalgia



Ulises Díaz

NOSTALGIA
Desde lo alto del faro la playa se ve desierta. Al fondo, en el horizonte, el mar parece combarse como el vientre de mi madre. En unos meses nacerá Cristina, pero claro, para entonces estaré de vuelta en clases.

Las vacaciones para los niños tienen un sabor a gloria, sin embargo, este agosto ha sido especialmente frío; la maestra le acusa a la corriente de Humboldt. Al parecer, es una de las pocas cosas, de las que cuentan en la escuela, que coincide con la realidad. Si no fuera por el viejo Argos, mi fiel amigo, estos días en la playa se volverían eternos.

Juntos bajamos la escalinata que nos lleva hasta la arena. A saltos recorro de dos en dos las escaleras, el viejo perro viene detrás cojeando sobre los escalones. Las paredes del barranco, de un blanco calcáreo, lucen impregnadas de valvas, caracoles y cantos pulidos.

Sobre las ralas rocas de color obscuro emergen garabateados algunos nombres: David, María, Soledad. El mío, borrado por el roce de la arena que transporta el viento, se lee: Carlo... De pronto, me doy cuenta que mi nombre es plural, como que nombrara a muchos niños a la vez:

«Los Carlos, Carlos, Carlos…» bajo cantándolo maquinalmente. Me parece que Argos marcase el monótono compás con su renguera.

Avanzamos de largo sobre la arena, bordeando las lenguas espumosas de las olas que amenazan con mordernos los pies. Argos viene despacio, entretenido con las medusas y los cuerpos inertes de los pequeños peces que ha dejado la marea nocturna. Perseguimos el horizonte hasta que el viejo perro no puede más y se acurruca bajo unos troncos. Desando mis pasos y sentándome a su lado me entrego a los recuerdos:

­Fue hace unos años, durante esas últimas vacaciones a colores —hoy parece una eternidad— que escribimos nuestros nombres sobre las rocas del acantilado. María preguntó: ¿Por qué el horizonte nunca se está quieto? David, con el balde de moldear arena sobre su cabeza a la manera de un casco, inventó una hilarante historia a cerca del horizonte.

Reímos tanto… Aún perdura en mi memoria la piel tersa de soledad. Sus hombros dorados, su pelo suelto flotando salvaje sobre el vestido de randa. Sus ojos tímidos, titilantes como faros entre la bruma.

Con la bajamar, entre las rocas del arrecife, los rosados cuerpos de las estrellas marinas agonizan expuestos al viento. Me doy la tarea de devolverlos al océano pensando en mi padre; en esa tarde en la que, dedicados a esta misma tarea, alguien nos dijo: «Es una labor ociosa. ¡Son miles y miles de estrellas las que mueren a lo largo de la playa!» Luego agregó entre sonrisas: «¡No tiene sentido!»

Mi padre, sereno, le mostró las estrellas en el fondo del recipiente listas para ser devueltas al mar y le respondió sonriente: «Al menos para estas sí hará algún sentido.»

Pero mi padre ya no está. Habría sido hermoso que conociera a Cristina y que ella, a su vez, le hubiese conocido.




27 enero 2026

Isis

Ulises Díaz


Isis

Una mañana esplendida de abril, las luces de los faroles se extinguen y un sol de oro emerge tiñendo de luz tapias y enredaderas en el barrio La Alborada. Zeus, un gato que ha pasado la noche enamorado de la luna, se estira sobre una cornisa buscando calor. El olor de las madreselvas se derrama sobre las veredas y un viento tenue esparce su polen sobre los jardines de las casas vecinas. Plutón, el viejo perro, estornuda irritado.

Los Insectos madrugadores revolotean entre flores colmadas de rocío. Isis cruza como un dardo tornasolado. Se detiene en un imposible punto del espacio. Su lengua de espada va y viene en el vientre mismo de las flores. Sus alas vibrantes revolotean a una velocidad increíble setenta veces por segundo que ni los ojos aguzados de Zeus pueden captarlas. Isis está en su trabajo diario: recolectar alimento para sus dos pichones.

Caramelo y Miel rompieron sus cascarones hace apenas dos semanas. Caramelo es colorido y vivaracho, todo un galán; la pequeña Miel tiene unas plumitas azules que pueblan el contorno de sus ojos como si fuesen unas gafas de moda. Cuando mamá llega con el alimento —que suele ser tres veces por hora— abren sus picos, cual tijeras, reclamando bulliciosos algo de azúcar y uno que otro insecto diminuto para alimentar sus minúsculos cuerpos; no más grandes que un abejorro.

Esta mañana será muy ajetreada para la joven colibrí, es su primera nidada y está un tanto preocupada. Su nido, que pende de una tapia, con las lluvias de la noche está a punto de desmoronarse. De modo que, entre viaje y viaje, va cargada de hojas, musgo y una que otra pelusilla para repararlo. Pero el hambre no perdona, los colibríes no pueden dejar de comer, sus corazones son máquinas de alta revolución —mil latidos por minuto.

En la mañana el barrio permanece en aparente calma, los niños asisten a la escuela. De cuando en cuando pasa un auto. Al mediodía el carro repartidor rompe la paz de los polluelos con su claxon altisonante. A inicios de la tarde, después de sonar las sirenas de las escuelas, las veredas se llenan de bulliciosos chiquillos.

Manolo y Pedro regresan a casa jugando a corretearse. De pronto, algo los detiene. Algo verde, coruscante corta el aire a modo de saeta: es Isis. 
Armados con sendas resorteras, Pedro intenta un disparo y falla. Isis hace un giro sorprendente, se eleva y vuelve a descender sobre la corola de la flor que guarda el preciado alimento. Es cuestión de segundos y despegará como un rayo, aunque esta vez el azar no está de su lado, Manolo dispara y acierta...

El ¡hurra! de los niños despierta a Plutón que ladra enfurecido. Sobre la cornisa Zeus parece de piedra. En sus ojos, de verde jade, el tiempo se vuelve eterno. 

La tarde se apaga sobre el piar tenue de los pichones. Tras el ventanal de la casa Manolo y Pedro juegan en las pantallas de sus ordenadores.


17 enero 2026

Quinientas Palabras


                                                                                           Ulises Díaz

Describir personajes, construir escenarios, armar tramas, crear intrigas y suspenso… contar cuentos. Escribir echando mano de un sinfín de técnicas y argucias con el solo objetivo de atrapar al lector entre las páginas de un libro; de cautivarlo, de mantenerlo en vilo, es, si no la única, la mejor manera de contar historias.

¿Quién no se ha encontrado alguna vez viajando a lo largo de esas avenidas de tinta sobre el nevado territorio de una página?, ¿quién no se ha sumergido en ese claro oscuro paisaje de artificio que es un libro? Si no os habéis detenido alguna vez el tiempo suficiente a contemplar, el fondo del alma transparente o turbulenta de un escritor, hacedlo ahora, siempre hay tiempo. Acariciad el manso lomo de un libro y sumergíos en su universo. Aunque fuese un tratado de ficción, encontrareis en él, un ancla que os sujete a la realidad. Porque toda historia, real o hipotética, está construida en clave humana.

¿Por qué quinientas?

Te has preguntado alguna vez, ¿cuál es la extensión precisa de una historia? Las hay tan cortas como el cuento del dinosaurio de Augusto Monterroso (siete palabras); o tan largas (con miles de páginas) como En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Incluso, hay algunas infinitas, como aquella con la que me torturaba mi padre cuando le insistía hasta el cansancio que me leyera algún relato. Él, rendido por sus largas jornadas en el taller, abría un libro, respiraba profundo, se ponía ceremonioso y comenzaba su perorata:
—Era una noche tormentosa y el capitán le dijo al marinero: —Cuéntanos una historia— y el marinero comenzó: —Era una noche tormentosa y el capitán le dijo al marinero: —Cuéntanos una historia— y el marinero comenzó: —Era una noche tormentosa…

Mi mente infantil atrapada en ese absurdo bucle barruntaba ya lo complejo del lenguaje.

Aproximadamente quinientas palabras es la extensión recomendada por la pedagogía cuando se escribe para niños. Me lo dijo el editor de la revista para la cual colaboré con mi primer cuento infantil. Ya veréis que los relatos infantiles no son mi fuerte, quizá son demasiado crudos. Algunos, inclusive, podrían herir sus mentes de «plastilina». Perdonadme de antemano.

Faltos, mis cuentos, de esa ingenua candidez que tanto gusta a los niños; intenté, a modo de compensación, alguna argucia matemática para imponerles un plus lúdico. Están construidos exactamente con quinientas palabras, desde el título hasta el punto final. El tema en general es un canto a los animales, a sus razones silenciosas, a sus vidas grises y apagadas, a su naufragio en el vertiginoso mundo de los humanos.

La tarea me ha exigido una economía de palabras y una precisa síntesis de las historias. Ahora su redondez es también aritmética. Los relatos emergen como pequeños botones de savia, se mueven como artefactos de fina relojería y florecen en una filigrana de palabras. Espero que los valoren también en ese sentido. Y espero, ¿por qué no?, que estas historias silvestres hundan sus raíces en sus fértiles mentes. 

06 diciembre 2025

Sol está en línea




Comenzó a los 20 años en una agencia de modelos, pero no resistió las comisiones que se llevaban por promocionarla y darle soporte para la transmisión. Se aseguró de contar con todos los usuarios y claves para poder transmitir independiente. Se procuró los juguetes necesarios y con apoyo de algunos amigos pudo montar su pequeño estudio webcam. Sus 125 mil seguidores casi no notaron el cambio.

Durante la transmisión un día lunes tipo 6 de la tarde notó la luz juguetona de un apuntador láser rojo que ingresaba por la ventana y revoloteaba en una de las paredes del dormitorio principal. Al asomarse a la ventana el molesto láser desaparecía. Podía venir de cualquiera de los apartamentos y casas de la calle de enfrente de esta zona residencial de Medellín. Se sintió acechada por un desconocido que quería importunar al azar a los vecinos. 

La historia se repitió durante tres noches seguidas. “¿Qué se le perdió?” Gritó dirigiéndose a la calle. Llegó a odiar ese apuntador láser que violaba su privacidad pasando incluso a través de las persianas de tela que tenía colocadas el departamento. “¿A los otros vecinos no les molesta?” Se preguntaba. El jueves se olvidó del problema.

Tuvo un viernes largo. Un usuario italiano le pagó casi una hora de show privado con squirt incluido. Ganó un poco más de 200 dólares. Terminó exhausta y solo quería relajarse viendo historias hasta que el sueño la venciera. Pero la luz del molesto láser volvió a revolotear casi de forma automática cuando ingresó a su habitación. Irritada apagó todas las luces y decidió ocultarse en las sombras hasta averiguar de dónde venía la luz. El cansancio fue más fuerte y cayó rendida.

Despertó a la mañana recordando pedazos de sueños inconexos. Se asomó a su ventana y escudriño el edificio de enfrente. Decidida a descubrir al vecino molesto que irrumpía en su habitación con esa tonta luz. Varias personas salieron apresuradas del edificio, ninguna levantó la mirada hacia su apartamento para delatar algún indicio. De pronto vio que una silueta se alejaba de una ventana ocultándose. Tercer piso, apartamentos de la izquierda. “Algo es algo” se dijo a sí misma alentando su somera investigación.

Sol le pidió esa tarde a Marco que viniera a su casa para ayudarle con problemas de la transmisión. Era su soporte técnico para configuraciones, accesos, conexiones. Incluso le había conseguido el fotógrafo profesional para armar su portafolio de modelo. Se conocieron en alguna fiesta de la universidad y él soñaba que alguna vez, Sol recompense su esfuerzo y dedicación ya no con dinero sino con alguna forma de cariño y por qué no, pasión. A las 3 llegó Marco disculpándose por el tráfico e inquiriendo cuál era el problema.

Le explicó la situación y las pistas que tenía. “Ja, ja, no soy detective”, respondió, pero ante su insistencia a los pocos minutos ya se había colado al edificio de enfrente para tratar de averiguar quién lanzaba esos haces de luces en el dormitorio de su amiga. Calculando llegó a la puerta donde Sol había visto la silueta y timbró. Se fijó que había un sello del Independiente en la puerta. “No le puedo abrir, mi nieto no está” dijo una voz que calculó de avanzada edad. “Gracias”, respondió. Timbró una segunda puerta, pero esta vez nadie contestó. Buscó la salida preguntándose a sí mismo que estaba buscando. Le informó a Sol que, salvo ese detalle, no había nadie en los apartamentos. “Me voy, tengo afán”, le dijo por celular para evitar subir a despedirse. Ella había comenzado su show de la tarde.

“Debe ser el nieto de la señora” pensaba Sol durante su transmisión. Lo comentó con un usuario que solía escribir al chat durante las transmisiones. Contó el problema y sus deseos de ir con la policía. “No creo que eso sea un delito”, escribió Luckyboy0521, “supongo que la policía colombiana tiene asuntos mucho más graves que atender”. Eso la desalentó. Cada cierto tiempo se asomaba a la ventana buscando la silueta escurridiza. No vio nada. Ante la poca información que poseía prometió olvidarse del asunto.

Casi medio día del domingo, estaba ella misma en el apartamento de la mujer golpeando a la puerta. Vestía elegante y con gafas de sol. Intencionalmente no tocó el timbre. Había leído en redes sociales que había una final de fútbol de no sé qué campeonato y dedujo que el futbolero, hincha de Independiente, no estaría en casa. “Soy amiga de su nieto, tengo un encargo” dijo Sol. “Ramiro no está, no le puedo abrir” respondió la voz desde dentro. Bingo, tenía el nombre. Sol movió la cerradura de la puerta. “Perdón, estaba abierta” dijo colocándose en el umbral. En menos de un minuto había tenido dos golpes de suerte.

Convenció a la señora que era amiga de Ramiro y debía darle un mensaje personal urgente. La presencia de la joven y su rostro angelical le inspiraron confianza.
Sol, por su parte, no podía abusar de su suerte entablando una conversación larga que delatara su intromisión. “¿Se ve desde aquí la calle? pregunto, he dejado mi auto abajo”. “Hay que tener cuidado con los robos, asómese” le contestó.
Camino unos pocos metros hasta la ventana y simuló ver hacia la calle. En realidad, se enfocó unos segundos en su propio departamento, dos pisos arriba. Se veía muy claro y con muchos detalles.

“Le puedo molestar con un poco de agua, señora…” “Lucia, me llamo Lucía, claro en seguida” y se dirigió lentamente a la cocina.

En diez segundos escaneó la habitación buscando el aparato con el cual la estaban acosando. Nada a simple vista. Abrió silenciosamente un cajón de escritorio, tampoco.

Escucho los pasos de la abuela que retornaban. Fingió una llamada en su móvil. Se tomó la mitad del vaso de agua. “Señito, mil disculpas, parece que Ramiro se demora, le he prestado un apuntador y lo necesito urgente, ¿lo puedo buscar en su habitación?”

El tono de voz que imprimió hizo que sea difícil de negar. “No le gusta que entren a su cuarto, pero si es urgente, venga”.

Sintió que estaba llevando cada vez más lejos su mentira. Tal vez debía haber dicho desde el principio que alguien la estaba molestando con ese aparato posiblemente desde este lado del edificio.

La habitación de Ramiro no daba a la calle. Había un orden extraño en las cosas, como que nadie hubiera usado la habitación en mucho tiempo. Sobre una mesa destacaba un aparato negro similar a un esfero. “Es éste” exclamó la muchacha y lo tomó. Inmediatamente lo presionó hasta intuir su mecanismo y ver la luz que disparaba.

Se quedó por unos segundos mirando la luz, ese punto rojo que tantas veces vio revoloteando en sus paredes. Sintió un mareo. En una milésima de segundo recordó una extraña sensación que tuvo al beber el vaso de agua. Se desplomó.
Despertó en su departamento. Habían pasado como tres horas desde que estuvo en la casa de enfrente y empezaba a anochecer. Su cuerpo no tenía señales de ninguna agresión. Se asomó a la ventana: el departamento de la anciana estaba a oscuras. Pronto empezó a olvidar la intriga por esas horas perdidas.

«Me voy a conectar» —pensó, recordando que el italiano le había pedido un privado—.

Sorprendentemente, sus cuentas estaban deslogueadas. Intentó acceder con sus claves guardadas, pero las rechazaba. Interminables minutos pasaron hasta que llamó a Marco.

—¡Cómo haces eso! —le dijo Marco con admiración.
—¿A qué te refieres? —dijo ella con sorpresa.
—Estar en línea y hacer llamadas.

Se quedó en silencio. Sol no entendía lo que pasaba. Marco le envió una captura donde estaba ella misma transmitiendo en ese instante y un aviso: SOL ESTÁ EN LÍNEA.

Sintió un nudo en la garganta. Abrió otra pestaña, luego otra más: en todas aparecía su nombre, su rostro, sus movimientos… como si alguien hubiera calcado cada gesto suyo y lo estuviera replicando en tiempo real. Intentó cerrar sesión, cambiar contraseñas, pero solo consiguió bloquear sus nickname.

Por primera vez, comprendió que no solo la estaban observando: la habían reemplazado.

El niño milagroso

Paul R. Alhazred La sala comunal estaba llena hasta el último rincón. Ese día, los habitantes de San Paúl se habían congregado como pocas ve...