Paúl R. Alhazred
Me golpea como río caudaloso recordar ese carnaval del noventa y cuatro. Con diecisiete años, mis alborotadas hormonas apuntaban hacia la vecina de la casa de enfrente. Un domingo trece de febrero, primer día del carnaval, se encendía la fiesta en los barrios. Saludar con los vecinos, confraternizar con extraños podía ser un buen pretexto para acercarme a aquella chica que me gustaba y con la cual apenas había cruzado algunas miradas y un par de palabras.
«Mañana es San Valentín», pensaba con la emoción juvenil y la ilusión de aparecer de pronto en el mapa de sus pretendientes. Su casa y la mía bullían de familiares y, sin darme cuenta, no sé en qué momento ni en qué situación, me encontraba dentro de un grupo que compartía alrededor de una guitarra y unas botellas. Los sentidos al máximo: el olor a espuma de carnaval, la comida tradicional, el «canelazo», el ritual de mojarse y quedarse con la ropa húmeda que terminaba por secarse en tu mismo cuerpo.
De pronto, todo eso quedaba en segundo plano, reemplazado por las canciones de Leonardo Fabio, José José y otras cuyo autor ya nadie recuerda, pero son tan populares como el “cumpleaños feliz”. Le pedí prestada la acústica a mi abuelo, una Yamaha-250 que sonaba muy bien. Yo apenas sabía algunos acordes, pero mis nuevos camaradas estuvieron muy complacidos con mi aporte para el improvisado ensayo. El trato quedaba implícito: prestaría la guitarra a cambio de una serenata a Maritza, la prima colegiala de mis vecinos.
El grupo se fue haciendo más grande. En cuestión de una hora se había duplicado y éramos ya más de una veintena de nombres los que llenaban la lista del cantante principal, un recorrido que, si empezábamos antes de la medianoche, sin problemas nos llevaría hasta el amanecer. «A la prima dejemos para el último», afirmó con precisión logística el cantante, mientras trazaba el recorrido en su humedecida hoja de ruta.
No contaba con los galanes de barrio que se anotaron con dos o más serenatas o el primo que tenía que dar sereno a su esposa, a su novia y a su “amiga”. El repertorio se redujo a dos canciones separadas con la dedicatoria que tenía que gritar a viva voz el interesado o el mismo cantante. Un poco antes de las seis de la mañana finalizábamos en la casa de Maritza con Plegaria y La noche azul, que ya casi era blanca. Vi la luz de su cuarto prenderse, inequívoca señal de haber escuchado aquellos murmullos trasnochados.
Aquella señal era la confirmación de que todo valió la pena. «Más tarde ya concretas», me dijo el cantante al despedirse. Crucé la calle con la emoción de mi primera serenata y dispuesto a enfrentar las reprimendas de la escapada nocturna. «Todo valió la pena», me repetía.
Era lunes de carnaval, 14 de febrero. No nos hicimos novios. No hubo beso. Solo una conversación larga, suave, honesta, mientras el carnaval seguía su fiesta. Ella me agradeció la serenata, me tomó la mano por un segundo y me confesó que, luego de graduarse, se iría de la ciudad.
Nos despedimos. El carnaval, ruidoso como siempre, era ajeno a mi pequeña melancolía. Pero sentía una calma extraña, como quien ha hecho lo que debía.
Los años pasaron. El carnaval volvía cada febrero, a veces frío, a veces cálido. San Valentín también. Pero nunca más volvió a coincidir un lunes de carnaval con un 14 de febrero. Ahora sé que aquella fecha única fue un regalo, un instante que el tiempo me concedió solo una vez.
A veces ha estado cerca, como este dos mil veintiséis, pero será irrepetible aquella guitarra temblorosa, la ventana encendida, la sonrisa de Maritza y el rumor lejano de la fiesta. No siento tristeza, sino un brillo suave, como una luciérnaga que uno guarda en el pecho.
Y ahora lo entiendo: hay fechas que solo pasan una vez. Y algunas, aunque nunca regresen, se quedan para siempre.





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