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Relatos Quinientas Palabras - Ulises Díaz |
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Relatos - Ulises Díaz |
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Relatos P. Alhazred |
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Relatos Quinientas Palabras - Ulises Díaz |
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Relatos P. Alhazred |
César no entró al night club como cliente, sino como camarógrafo de guerra.
Llevaba unos lentes de marco grueso, comprados por internet, con una mini cámara escondida junto a la bisagra izquierda. Desde afuera parecían un accesorio de hombre inseguro: modernos, ridículos, costosos. Por dentro eran un ojo ilegal transmitiendo en vivo.
Sus seguidores lo esperaban.
Noche de cacería, tituló la transmisión.
La pantalla de su celular ardía con comentarios, emojis y pagos pequeños que iban cayendo como monedas en una alcancía. César veía lo que ellos veían: luces violetas, botellas sudadas, risas impostadas, mujeres caminando como si cada paso las acercara a su destino.
Abrió la encuesta.
¿Con quién subimos?
Samantha apareció primero: morena, alta, de cabello rizado, con una presencia que derretía corazones. Caminaba segura, sin pedir permiso a las miradas que la reconocían.
Nataly estaba sentada cerca de la barra: trigueña, bajita, de formas gruesas, sonrisa rápida y ojos de quien ya había aprendido a distinguir entre un cliente amable y un aprendiz de pervertido.
Nicole, colombiana, esbelta, de rasgos finos, movía una copa con delicadeza, como si estuviera lejos de todo eso, como si su cuerpo estuviera allí pero su mente hubiera cruzado una frontera.
Y luego estaba Sara, la Panameña.
La famosa. La más deseada. La leyenda. Ya no tenía la juventud insolente de los primeros rumores, pero conservaba algo más peligroso: experiencia. No caminaba para gustar. Caminaba sabiendo que mirada quería atrapar.
La encuesta fue una pelea de gallos.
Samantha subió rápido. Nicole empató. Nataly sorprendió a todos durante un minuto. Pero cuando César enfocó a Sara, los comentarios se desbordaron.
La Panameña.
La leyenda.
Con ella, papá.
Crea evento privado.
César sonrió. Creó el acceso de pago. Cien usuarios entraron en menos de dos minutos. Mirar desde una pantalla, descubrió, era un negocio rentable.
Sara aceptó subir a las habitaciones.
No dijo mucho. Solo lo miró una vez, de arriba abajo, con una calma que a César le pareció profesional. Él sintió que ganaba. Que no solo la había elegido: que la había conquistado para una audiencia invisible.
En la habitación, la luz era más baja. Afuera seguía golpeando la música, pero adentro todo sonaba amortiguado, aumentando la sensualidad del momento.
César acomodó sus lentes.
—Puedes ponerlos en esa mesa —dijo Sara.
Él negó con gestos.
—No es necesario.
Sara se acercó. No con deseo, sino con precisión. Le tocó el marco de las gafas con dos dedos.
—Solo quiero que te sientas de película.
César sintió que el estómago se le cerraba.
En el chat aparecieron mensajes nerviosos.
¿Qué pasó?
No enfoques al techo.
Que no se dé cuenta.
Bro, cuidado.
Sara le quitó los lentes.
Durante un segundo, los cien usuarios vieron su rostro de frente. No había escándalo en ella. Solo una mezcla de rabia y complacencia de haber hecho lo que creía correcto.
—Buenas noches, caballeros —dijo mirando directo al lente—. Espero que hayan disfrutado del show pero tenemos problemas técnicos.
César quiso quitarle sus lentes, pero la puerta se abrió.
Entraron dos hombres de seguridad, la administradora del local y una mujer con carpeta negra. Detrás de ellos, Samantha, Nataly y Nicole miraban en silencio.
Sara no había descubierto la cámara por casualidad.
La estaba esperando.
Desde hacía meses, alguien transmitía mujeres sin permiso. Una de ellas había desaparecido del local después de que su video circulara por grupos y páginas. Era hermana de Sara.
La mujer de la carpeta mostró una orden judicial.
César balbuceó que era una broma, que era contenido, que nadie salía claramente, que todos eran adultos.
Sara puso las gafas sobre la mesa.
—No, mi amor —dijo—. Hoy el contenido eres tú.
El celular fue incautado. Las gafas, embaladas. César, conducido hacia la salida por la puerta trasera, para evitar escándalo entre unos pocos clientes que no se fueron al ver a los agentes.
Cuarenta y seis usuarios abandonaron en ese momento el chat que proporcionaba los enlaces de transmisión.
Sara encendió un cigarrillo en la vereda, solo para no perder la costumbre.
La administradora le preguntó si estaba bien.
La panameña miró el reflejo de la luna sobre la avenida.
—No —dijo—. Aparte del susto no le va a pasar nada.
En el acta, el detenido insistió que todo era una broma.
Paul R. Alhazred
Quiero ser Chequia
y haber pisado el Estadio Azteca
para perder tres a cero frente a la Tri.
Quiero ser Qatar
y celebrar mi primer punto mundialista
contra los puntuales suizos.
Quiero ser Haití
y perder contra todos mis rivales,
en especial contra Brasil,
ese gigante del que también soy hincha.
Quiero ser Turquía
y perderlo casi todo,
pero ganarle al Tío Sam
en el último suspiro.
Quiero ser Curazao
y hacerle mi primer gol
a la máquina germana.
Quiero ser Túnez
y caer por goleada
ante los supercampeones nipones.
Quiero ser Nueva Zelanda
y perder contra todos,
menos contra el europeo.
Quiero ser Arabia Saudita
y empatar con todos,
menos contra el europeo.
Quiero ser Irak
en la tierra hostil de Terminator.
Quiero ser Jordania
en el grupo del campeón reinante
que ya no tiene nada que ganar.
Quiero ser Uzbekistán
en la tierra hostil de Rambo.
Quiero ser Panamá
sorprendiendo a los inventores del fútbol.
Porque no todo es ganar.
Porque a veces perder también es quedarse en la memoria.
Porque hay derrotas que se celebran como iniciaciones
y empates que valen más que una copa.
En un mundo que te obliga a levantar trofeos,
a veces lo más hermoso
es entrar a la cancha sin miedo,
jugar como quien baila,
perder si toca perder,
pero pasarlo bien.
Porque las victorias, a veces,
son el idioma de los aduladores.
Y la verdadera gloria
es haber estado ahí,
aunque el marcador diga lo contrario.
La noche tenía sus propias reglas. No estaban escritas en ningún lugar, pero quienes frecuentaban aquellos bares de luces tenues las aprendían pronto: nadie era de nadie, aunque todos fingieran lo contrario.
Cristian encendió un cigarrillo antes de cruzar la puerta del club. Saludó al guardia con la familiaridad de quien llevaba años recorriendo el mismo camino. Dentro, la música cubría las conversaciones y el humo dibujaba sombras sobre los rostros.
Buscó con la mirada a Valeria, la mujer que durante meses había sido su compañía habitual. Ella también lo vio. Bastó un segundo para reconocer esa mezcla de reproche y resignación que aparecía cada vez que él desviaba la vista hacia otra mesa.
—Otra vez mirando el menú completo —bromeó Henry, golpeándole el hombro.
Cristian sonrió con incomodidad.
—Quería conocer a alguien diferente... pero luego ella se enfada.
Román, que escuchaba desde la barra, soltó una carcajada.
—El problema es que actúas como si esto fuera una historia de amor. Si quieres conocer a otra, dilo sin rodeos. Si funciona, perfecto. Si no, vuelves. Todos saben cómo funciona este lugar.
Henry negó con la cabeza.
—Eso dices porque nunca has visto cómo se enteran de todo. Aquí los secretos duran menos que una canción.
Se inclinó sobre la mesa.
—Las chicas hablan entre ellas. Los meseros también. Antes de terminar la noche, ya saben con quién estuviste.
Cristian guardó silencio. Recordó aquella ocasión en que había compartido unas horas con una joven nueva. Al regresar la semana siguiente, Valeria ya conocía cada detalle. No había gritos, solo un frío distante que pesaba más que cualquier discusión.
—Una vez me pasó algo peor —comentó Román mientras daba un sorbo a su vaso—. Resultó que la chica con la que salí era enemiga de la que siempre veía. Aquello fue un desastre. Desde entonces, si quiero evitar problemas, prefiero salir con las amigas de la misma.
Joaquín, que hasta entonces permanecía callado, sonrió con ironía.
—Lo curioso es que algunos actúan como si hubiera exclusividad. Pagamos por un momento, no por una promesa. Ellas continúan con su vida cuando uno se va, igual que nosotros.
Las palabras quedaron suspendidas entre el ruido de la música.
Desde una esquina, Alfonso observaba cómo una de las chicas tomaba discretamente una fotografía con su teléfono y la enviaba por mensajería. Sonrió.
—¿Ven? Ni siquiera hace falta preguntar. Aquí las noticias vuelan.
Todos rieron.
Cristian apagó el cigarrillo y recorrió el salón con la mirada. Comprendió que aquel lugar funcionaba como un pequeño pueblo escondido bajo luces de neón. Había alianzas, rivalidades, códigos invisibles y una red de información imposible de romper. Cada cliente creía vivir una historia distinta, cuando en realidad todos formaban parte del mismo relato.
Esa noche volvió a quedarse con Valeria. No porque creyera que existía un vínculo especial entre ellos, sino porque entendió algo más sencillo y más humano: incluso en un escenario construido sobre encuentros pasajeros, las personas seguían necesitando reconocimiento.
No era amor, tampoco fidelidad. Era la ilusión de ser recordados, aunque solo fuera hasta que las luces del club se apagasen.
PAVLOV Ulises Díaz
Jurupi, el más pequeñín del albergue, se
despertó con el ruido metálico de las aldabas; no había dormido casi nada a causa de la ansiedad, pero apenas vio el rectángulo de luz que entró a través de la puerta abierta, salió disparado en busca de
Pavlov.
Bajo un banco de piedra dormía
profundamente un beagle rengo y ciego,
el más viejo del refugio.
Jurupi saltaba emocionado y ladraba alto para
que Pavlov, que ya estaba quedándose sordo, lo escuchara.
— ¿Es verdad todo lo que dicen de ti?
—preguntó Jurupi.
— ¿Y qué ladran esos cínicos callejeros? —respondió
Pavlov incorporándose a duras penas sobre sus patas delanteras.
—Que, en asuntos de humanos, sois el más
sabio de los perros —dijo el pequeño saltarín.
—Si ellos lo dicen… por algo será —respondió Pavlov sacudiendo la cabeza para quitarse la pesadez de la noche, y acariciándolo con su patita le dijo:
—Aprende esto mi pequeño: los perros no sabemos mentir. Pero… ¿A qué viene tanta pregunta?
— Ayer han visto mis fotos en la red —dice
Jurupí emocionado—, y hoy llegan mis humanos para adoptarme. Quiero que me
digas: ¿Cómo saber si un humano es bueno o malo?
— ¿Y por qué te preocupas tanto? —le ladró
Pavlov, mirándole con sus ojos vacíos.
¿Te acuerdas de Copo, el caniche que
aullaba la noche entera? —preguntó Jurupí.
—Claro que sí.
—¿Sabías que después de adoptarle lo
abandonaron? Ahora vagabundea por las calles.
—Es cuestión de suerte.
—¿Recuerdas a Tonny…? Sus humanos lo
maltratan. ¿Ahora ves por qué me preocupo?
Pavlov ladró quedo para tranquilizar a su
pequeño amigo.
— Ya entiendo. —Movió la cabeza—. Piensa… vienen
por ti a un refugio, de seguro serán gente buena. Los humanos tienen el corazón
más hermoso que se ha creado; y su mente es la octava maravilla en todo el
universo, pero es extraña e imposible de descifrar.
He conocido a los científicos, son los humanos más brillantes. He visto en ellos la genialidad y la crueldad combinada de forma tal, que no pude discernir la línea que las divide. Son como dioses y con los dioses sólo funciona la fe.
Jurupi quedó pensativo mirando las orejas
colgantes del ciego. Pavlov se erguía como una efigie de misterio. Entonces
pregunto:
—¿Es verdad que viviste tu cachorrez dentro de un laboratorio?
—Y buena parte de mi vida —contestó
Pavlov—. Sobreviví a las pruebas de toxicidad DL50 y, aunque quedé ciego y casi
sordo, tuve suerte. Allí perecieron muchos de mis congéneres.
— ¿Aun así, no odias a los humanos?
—En el corazón de los perros no hay lugar
para el odio —respondió Pavlov.
Las visitas comenzaron a llegar. El pequeño se despidió con la colita en alto repitiendo para sus adentros: «Todo es cuestión de fe, todo…».
La nariz del beagle olfateo entre la multitud el olor inconfundible del veterinario que cada fin de mes suele traer la eutanasia para los perros viejos.
«¿Quizá hoy sea nuestro día de suerte? —pensó— ya no quedan perros más viejos que yo»

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