Cuando el ómnibus se
detuvo, Zafiro abrió los párpados y un cielo brillante se reflejó en sus ojos
azules, los miles de curvas y recovecos de la carretera la traían mareada y al
borde de la náusea. Se levantó despacio, estiró los brazos y sus articulaciones
tronaron al unísono. Los pasajeros más diligentes comenzaban a descender del
autobús. Miró a su compañero que aún dormía ajeno a las incomodidades del
viaje. Lo vio tan frágil como un cachorro, no entendía por qué sus amigas lo
encontraban atractivo, pero ella no estaba impresionada. «Sencillamente no hay
química», pensó. Este viaje, más que por trabajo, le venía bien como un escape
del mundo cuadriculado de las oficinas, quería olvidar a su excónyuge y su cara
peluda se le aparecía por todas partes. Luego de una prolongada separación, los
papeles del divorcio habían llegado a sus manos, hacía apenas unos días, y aún
no decidía si alegrarse o sentirse triste.
—¿Ya arribamos? —preguntó Alex medio dormido. —¡Qué pena! No soy un buen
compañero de viaje, es que traía un cansancio de... —La mujer le cortó en media
frase con un movimiento negativo de cabeza.
—No te preocupes —dijo, es un viaje de trabajo no de placer. Cargó su mochila
al hombro y siguió por el pasillo.
En un terminal polvoriento, de un pueblo perdido en las estribaciones de los
andes occidentales; Alex, ya despierto del todo, sonreía optimista mientras
parloteaba sobre lo excitante que prometía ser el viaje. No terminaba de
creerlo, era un sueño hecho realidad: Zafiro, una periodista reconocida, además
de hermosa y elegante; la mujer más deseada del canal, viajaba en su compañía.
¡Y todo un fin de semana por delante! Estaba tan ansioso que no sabía cómo
comportarse; hablaba con las manos y su cuerpo exultante no podía ocultar la
felicidad que lo embriagaba. Ella mantenía un semblante sombrío y a veces sonreía
por cortesía.
—Me imaginé que te gustaba la aventura —dijo el chico, al ver lo parco de su
semblante.
La mujer sacudió la cabeza y una nube de polvo se desprendió de sus cabellos.
—¿Aventura? —replicó un tanto contrariada, luego desvió su mirada sin
pronunciar otra palabra.
Los transportes seguían llegando y la plaza, llenándose de gente. Una multitud
abigarrada que parloteaba a gritos y reía a carcajadas se cernía como una plaga
de langostas en el pequeño caserío de Pindal.
—¿Dónde nos hospedaremos?, ¿habrá un hotel decente en este paraje abandonado?
—preguntó la mujer.
—Seguro que algo encontraremos —respondió el chico, poseído por el optimismo.
La comarca ardía con un sol de mediodía que apenas proyectaba sombras. Zafiro y
Alex eran de los primeros periodistas que llegaban al pueblo y, a pesar de que
el chico hablaba de aventuras, estaban allí por trabajo. Tenían que reportar
para el canal en el que laboraban un raro evento natural que sucede anualmente
coincidiendo con las primeras lluvias: el florecimiento de los guayacanes. Año
tras año, grandes extensiones de bosque seco se tiñen de amarillo, dejando a
sus moradores sumergidos en un alucinante océano de luz. Este evento es
efímero, dura lo que dura un parpadeo del cielo, unos pocos días, luego caen
las flores que son devoradas por cerdos y chivos, volviendo el paisaje a
vestirse de monotonía.
La mujer acomodó su mochila. En ella cabían dos mudas de ropa y un pequeño
neceser que contenía; cosméticos, repelente, unos Kleenex, un tubo de tabletas
de antiácido y un frasco con gotitas de valeriana para calmar sus nervios.
Luego, metió a presión dentro de su bolso de mano un rollo de cables y la caja
con el micrófono. Alex, que la miraba embelesado, en un arranque de afecto,
intentó acomodar el cabello arremolinado que caía sobre la frente de su amiga.
Ella esquivó la cabeza con un movimiento instintivo.
—¡Perdón! —dijo él, un tanto abochornado—, no quería importunarte, fue
cortesía.
Se enfrascó en un discurso sobre la caballerosidad, pero las razones que
esgrimía no lograban ocultar sus soterradas emociones. Zafiro hizo como si
nada.
—Hazte cargo de la cámara, el trípode, la maleta… te dejo lo más «fácil» —dijo
ella mirándolo a los ojos como buscando una reacción de protesta en su
compañero, luego giró y avanzó en dirección al pueblo con una sonrisa
contenida. «Son todos unos perros» —repitió para sus adentros.
Alex acomodó los enseres como pudo, se puso el trípode bajo el brazo, la maleta
sobre su cabeza y siguió el rumbo de Zafiro. La mujer estaba decidida a llegar
cuanto antes al pueblo, pero se detuvo en un pequeño rellano que daba al sur
del caserío impresionada por el paisaje. Contempló el cielo diáfano, de un azul
hipnotizante. Unos pocos estratos en forma de briznas de algodón desperdigados
en la línea del horizonte, alimentaron en la reportera la esperanza de que algo
de humedad ascendía por el lado del Pacífico. «Quizá mañana llueva y podamos
grabar la floración completa», pensó. Bajó la mirada y una extensión
interminable de matorrales yermos sometidos al calor abrazador del mediodía
refulgían ante sus ojos.
A su izquierda se vislumbraban las siluetas caprichosas de los guayacanes
desperdigadas por aquí y por allá; los pocos que habían florecido lucían sus
copas cuajadas de un amarillo intenso, y vibraban como una miríada de mariposas
bajo el embate de un viento que provenía de la costa. Una sensación oceánica
invadió el pecho de la mujer. Respiró profundo, cerró los párpados y flotó por
un instante en ese oleaje caleidoscópico de colores solares. Así se mantuvo,
con los ojos cerrados por un lapso corto de tiempo, hace mucho que no sentía
tanta magia, tanta paz. La palabra aventura intentaba echar raíces en su
cerebro y pensó en el chico. Sabía, sin mirarlo, que su joven compañero estaba ahí
detrás plantado estoicamente, pendiente de sus decisiones. Entonces sintió un
poco de pena, quizá hasta algo de ternura, pero el rostro de su ex volvía a
revolotear en su cabeza como una polilla maléfica.
Alex la contemplaba ajeno al bullicio de los motores y al ajetreo de la gente
que seguía llegando, ni siquiera el peso de su carga menguaba el júbilo de
tenerla cerca, en su mente era ella la protagonista. El fotógrafo novel había
movido cielo y tierra para ganarse el derecho de acompañarla en este viaje.
—Bueno —dijo ella volviendo hacia su compañero—, vamos por una ducha caliente y
algo para calmar el hambre.
—Seguro —contestó Alex lleno de optimismo, —Verás que encontramos algo decente.
Te vas a sentir mejor.
Avanzaban con pie firme sobre la cuesta empinada que los conducía al pueblo,
esta vez él iba delante. Vestía camiseta verde con patrones camuflaje, chaleco
caqui y jockey verde militar, con visera del mismo color que el chaleco, a cuya
sombra centellaban unos grandes ojos marrones. Su tipo no era común: nariz
respingada, pómulos marcados y quijada cuadrada con la barba a medio crecer.
Tenía las piernas largas, de talla más alta que la del promedio, sus anchos
hombros colmaban la camiseta. De brazos velludos, antebrazos fuertes y puños de
hierro. En el dorso de la mano izquierda llevaba tatuado la A circundada de los
anarquistas y en el antebrazo derecho las iniciales de Soziedad Alkoholika.
Cuando la mujer lo vio aventurarse por la mitad del pueblo, con toda esa
parafernalia a cuestas, sintió algo que no había sentido en el par de años de
haberlo conocido: ternura. A su mente acudió la imagen de un adorable héroe de
historieta cómica, más que la de un camarógrafo de televisión.
La tarde la pasaron en un hostal de mala muerte, sin ventilación y con escasa
dotación de agua, asediados de mosquitos que burlaban los toldos mal zurcidos.
Alex se asomaba con cualquier pretexto a la habitación de Zafiro, que le
faltaba dentífrico, que necesitaba repelente; abrigaba la esperanza de
sorprenderla en paños menores. Cuando cayó la noche, salieron en busca de
comida aguijoneados por el hambre.
—Parece que esta noche no lloverá —dijo Zafiro
Hurgaba con un tenedor plástico unos frijoles revueltos con arroz y él, un
pedazo de carne seca de alguna especie de animal que no lograba identificar
aún. Era una mujer «grande» para él —quizá los separaba una década—. Alex la
miraba como en éxtasis, sin encontrar la forma de abordar con ella sus
sentimientos. Cuando estaba a punto de decírselos sentía que era muy temprano,
pero a la vez sentía que se le hacía tarde, el fin de semana pasaba volando.
—¿Qué te preocupa —preguntó ella—, se te agotaron las pilas o no te gusta la
comida?
—Nada de eso —dijo él, disimulando su ensimismamiento—, estoy pensando en que,
si esta noche no llueve, mañana no tendremos guayacanes que filmar. —Miró al
cielo. —Ojalá que llueva.
—Si no llueve tendremos que esperar más días de lo planeado —Zafiro lo dijo
como una premonición y Alex se sintió culpable de abrigar el secreto deseo, de
que no lloviese, al menos en un par de días más.
—Seguro que llueve —respondió condescendiente—, los nativos aseguran que
siempre llueve en la temporada de floración.
Pindal se iba colmando de turistas desprevenidos que no encontraban un sitio
donde hospedarse. Zafiro y Alex merendaban en el único lugar que atendía hasta
la noche.
Cuando Bernardo los
descubrió, la pareja se encontraba sentada frente a una mesa despatarrada, bajo
un improvisado tinglado cubierto con manteles plásticos. «¡Qué sorpresa!»,
pensó. Como buen sabueso que era, llegó hasta el kiosco guiado por el olor del
aceite cocido. Su asombro se volvió dicha al reconocer en aquella escena, digna
de una película de Fellini, a su exesposa en compañía del joven fotógrafo.
La mujer se llevó una sorpresa. El tipo parado frente a ella era su ex, el
mismísimo Bernardo del Prado, el presentador de las noticias de la tarde en el
canal gubernamental. Alto, fornido, con unos dominantes ojos negros y una barba
espesa y bien acicalada; frisaba los cuarenta. Se acercó sonriente e hizo la
venia llevando su mano derecha al pecho justo sobre el corazón, de ahí a los
labios, a la frente, y luego la extendió en dirección a la mujer con una
pantomima teatral. Zafiro no sabía si reír o llorar, Alex estaba congelado; era
lo último que podía suceder, lo identificó de inmediato, ¿quién no conoce a
Bernardo del Prado?
Zafiro lo invitó a
sentarse a regañadientes, pero su corazón le galopaba dentro del pecho.
Desde que llegó Bernardo no paraba de hablar. Le contó a Zafiro que había
terminado definitivamente con su asistente —la «vedette» causante de su
separación—, le habló sobre sus proyectos, inclusive le ofreció a su ex un
cargo mejor remunerado en el ministerio de comunicación.
—Estamos realizando una serie de reportajes para promocionar la imagen
turística del país.
Llevó la mano al bolsillo interno de su blazer de verano y sacó un folleto que
colocó en la mesa. Zafiro lo miró con curiosidad. En la cara principal del
tríptico estaba el rostro sonriente del presidente con un slogan que decía: All
you need is Ecuador.
—¿Llegaste en el último turno? —preguntó Alex para romper el monólogo de
Bernardo.
—No —respondió—, llegamos en un camper que nos facilitó el canal. Además,
tenemos una camioneta con todo el equipo cargado —lo dijo con arrogancia al
tiempo que se atusaba la barba con la mano.
La conversación se prolongó por cerca de una hora hasta que los comensales de
las mesas aledañas empezaron a retirarse al ver a los vendedores desarmar la
improvisada fonda.
Terminado el stock de
la cocina, embalada la vajilla en el interior de las ollas vacías se levantaba
el negocio, en medio de los lamentos de la multitud que esa noche tendría que
acostarse con el estómago vacío. Zafiro y Alex se despidieron de Bernardo y
caminaban en dirección del hostal, cuando Bernardo los llamó:
—¡Hey!, ¿en serio piensan retirarse?
Se detuvieron y volviéndose, se miraron el uno al otro sin saber que responder.
Alex tomó la iniciativa:
—Estoy muy cansado —dijo, buscando alguna excusa para librarse de su compañía—,
hemos tenido un viaje terrible y mañana hay que salir temprano para Mangahurco.
—¿Y tú Zafiro... estás tan cansada como para perderte un Jack Daniels que nos
espera en el camper? —espetó Bernardo.
La mujer lo pensó por un instante, luego miró a Alex, lo vio tan desvalido que
volvió a sentir una extraña ternura por el chico.
Sin embargo, en su
interior, una fuerza que no podía controlar la empujaba hacia su ex. Era una
mezcla de ira, de curiosidad y quizá… todavía amor; en el fondo guardaba muchas
preguntas sin respuesta.
La mujer tomó al chico
por el brazo y haciendo un guiño le dijo:
—¿Por qué no? Vamos, total, los guayacanes no irán a ningún lado.
Una cálida sensación le invadió el cuerpo al sentir el brazo de Zafiro
engarzado con el suyo.
—¡Vamos! —dijo armado de valor. Era la primera vez que la sentía tan íntima.
La casa rodante esperaba estacionada en el rincón de un descampado, donde
alguna vez existió un parque; destacaba entre las improvisadas tiendas de
campaña que los turistas habían levantado en el sector. Zafiro iba del brazo de
Alex, y aunque la brisa nocturna la hacía tiritar, el calor que emanaba el
cuerpo cercano del amigo la recomponía, pero lo mejor era su olor, tenía algo
grato, algo acogedor.
Mientras caminaban, la voz grave de Bernardo se imponía al grillar de los
insectos nocturnos. Zafiro venía pensando en la bendición de contar con el
chico en un momento como este:
Lo imaginó valeroso,
indestructible a pesar de su juventud y se estrechaba al cuerpo del muchacho.
Tal vez no era un rival de la talla de su ex... tal vez sí.
Bernardo no se inmutaba
por la intimidad de sus acompañantes. Conversaba seguro de su elocuencia y su
buen sentido del humor. De tanto en tanto bromeaba a costa del joven; ya por
sus tatuajes o por su vestimenta; lo veía demasiado ingenuo, demasiado poco
para considerarlo un rival.
El camper era el territorio de Bernardo y se sintió a sus anchas, hablaba con
todo el desparpajo sobre sus últimos logros, mostrando sendas fotografías con
políticos y personajes del jet set, él mismo se sentía una estrella en ascenso.
Entre copa y copa les hablaba de sus éxitos recientes, de su última gira por
Europa.
—¡Qué no hubiese dado! —le dijo a Zafiro—, por ver la puesta del sol desde los
puentes del Sena contigo. Contemplar como el astro se diluye en las aguas del
río, mientras los cruceros encienden sus luces y se alejan bajo la tutela de la
Torre Eiffel. La mujer, a la que ya no le impresionaban sus aires de
poeta, sonrió con sarcasmo.
—Me imagino que estabas muy bien acompañado —le dijo cortándole la inspiración,
mientras un pulso de rabia se agitaba en su sangre.
No era envidia, era una ira contenida. En los pocos años de casada tuvo una
vida discreta, sin lujos, sin viajes, sin grandes acontecimientos; solo la
rutina de la casa, los celos de Bernardo y sus constantes negativas a que
ejerciera la profesión de periodista. Su trabajo en el canal fue la causa,
según su exmarido, del comienzo del fin de su matrimonio.
La botella de Jack
Daniels terminó en el cesto de basura y los ayudantes de Bernardo, que
participaban en la tertulia, salieron en busca de más licor.
La mujer se aventuró afuera a tomar el sereno, la luna aparecía a media altura
recortada en su circunferencia sobre un cielo metálico. Avanzó unos pasos en
dirección al parque mirando por aquí y por allá, nada en concreto. Su silueta
perfecta iluminada por detrás con la luz cálida que provenía del camper,
resplandecía dentro de las gasas de lino que la cubrían. Su pelo ensortijado,
ahora mimado por ungüentos y perfumes, flameaba como la zarza ardiente de la
leyenda bíblica.
Bernardo y Alex, que la
contemplaban embelesados, se sintieron diminutos, como criaturas desnudas,
indefensas frente a la magia infinita de una figura de mujer.
Lo último que se podía encontrar en Pindal a esas alturas era licor.
—¿Qué hora es? —preguntó la mujer cuando retornó al Camper.
—Hora de retirarse —contestó Alex.
—¡Apenas las diez! —intervino Bernardo—, ¡qué pena! En la capital las farras
recién comienzan a las doce. ¿No me digan que en su tierra a las diez ya están
metidos en el «estuche»? —Con unos años trabajando para el gobierno Bernardo ya
se consideraba capitalino, y claro está, todo un hombre de mundo.
—¿Qué te diré…? —contestó Alex, aburrido de las bromas de Bernardo—. Si tuviese
una bola de cristal, hubiese traído licor y quizá hasta una guitarra, pero...
se quedó pensando. —Cargo una «bola» de yerba —Sonrió con
naturalidad, y sin dejar de mirarle a los ojos, sacó de su chamarra una
cantidad de grifa del tamaño de una pelota de pimpón. —¿Tú que has hecho de
todo —lo retó— seguro que también le haces a esto?
Bernardo dudó un instante y disimulando su sorpresa consultó con Zafiro:
—Y tú, ¿sí le haces?
—¿Por qué no? —respondió ella con toda naturalidad—, la noche parece propicia.
—Por supuesto, ¿¡por qué no!? —dijo Bernardo sin considerar que nunca había
fumado mota. Ya que Zafiro fumaba él temía quedar como un «zanahoria».
—¿Y qué si les invitas a los chicos? —preguntó Alex.
—No, no —interrumpió Bernardo—, mucho «sapo». Luego van a difamarme en el
canal.
Se despidieron de los chicos y caminaron hacia un recoleto, lejos del bullicio.
Alex desmenuzó la yerba dentro de su gorra para que el viento no la dispersara,
la mezcló con algo de tabaco para bajarle el grado y la roló en un papelillo.
El porro tomó la forma de un bate de béisbol en miniatura. Lo encendió con dos
caladas hondas y lo pasó a su nuevo amigo.
—Primero las damas —dijo Bernardo, señalando a Zafiro.
—No —insistió Alex—, es de malas romper el ritual. La procesión va por la
derecha —y volvió a ofrecer el porro a Bernardo que se encontraba a su diestra.
—Bien —dijo este y se armó de valor.
Carraspeó un par de
veces como para limpiar las vías respiratorias y se lanzó al vacío. Dio una
calada superficial y expulsó un humo gris y denso, luego otra totalmente
inocua.
—No tienes que hacerlo si no quieres —dijo Zafiro sonriendo—, pero si lo haces,
tienes que hacerlo bien.
Tomó el porro que su exmarido sostenía entre sus dedos índice y medio, como si
fuese un cigarrillo de marca; lo sujetó como toda una experta: entre el índice
y el pulgar. Se dio un par de caladas profundas manteniendo la respiración,
luego exhaló sin prisa. Bernardo estaba fascinado mirando como afloraba, tras
las siluetas caprichosas del humo, el rostro de la mujer que un día fue su
esposa. Era el rostro de una diosa griega, de una medusa de ojos profundos y
labios generosos.
—Vamos, hombre de mundo —musitó la mujer—, inténtalo de nuevo. —Y le devolvió
el canuto.
Fascinado por la visión el verdadero Bernardo surgió redimido del miedo, se dio
dos caladas francas, hasta tres y rompió a toser.
Tocado ya por los
primeros vapores de la yerba, Alex contemplaba la escena como una
representación del pecado original: Zafiro se llamaba la serpiente enroscada en
el árbol del bien y del mal y Bernardo, el primer humano en transgredir las
reglas llevado por el deseo.
«Si hubiésemos fumado en una manzana tendríamos la representación perfecta de
la tentación en el jardín del edén», pensaba Alex, pero la tos persistente de
Bernardo lo sacó del vuelo.
—¡Basta, basta! —dijo Alex—. Suficiente para una primera vez.
Bernardo estaba con el
rostro congestionado y con los ojos llenos de lágrimas, pero decidido.
—¿Cómo sabes que es mi primera vez? ¡Yo he fumado con Bob Marley! —afirmó con
aplomo.
Era la frase detonante con la que se puede comenzar una historia cómica. Todo
lo místico, todo lo trascendente del momento se desgranó en puras
risotadas.
Bernardo estaba
eufórico, liberado, no lo creía, se sentía en el paraíso. Flotando en esa
sensación de relajamiento, de completitud el cielo podía esperar. Tan relajado
estaba, que se abrazaba de Alex como si fuesen viejos amigos.
Ahora entendía esa
frase que leyó alguna vez en una calcomanía con forma de hoja de cannabis, que
uno de sus hermanos tenía pegada en el refrigerador:
«Deja para mañana lo
que puedas hacer hoy».
Alex le daba las
últimas caladas al porro.
—Yo le remato —dijo Bernardo y, tomando el porro como todo un experto, lo fumó
hasta la base, hasta sentir el fuego de la chicharra entre los dedos.
—Cógele suave —advirtió Alex—, cógele suave.
Bajo los efectos del cánnabis surgió otro Bernardo, uno más sensible, menos
parlanchín, nada vanidoso, incluso parecía profundo. «¡Te amo!», le gritó a su
ex abriendo los brazos hacia el cielo.
La luna se había
ocultado tras una nube de plata. «¡Siempre te he amado mujer bendita!» repitió
con su voz de presentador de televisión, y en un arranque de locura intentó
abrazarla.
Para su propio asombro,
la mujer se sintió abochornada. Miró a Alex que contemplaba la escena con una
mueca de burla en los labios y, esquivando el embate de Bernardo, se hecho a
reír a carcajadas. Su joven amigo, contagiado por lo hilarante del momento, se
tumbó en el pasto y rio hasta las lágrimas. Bernardo se sintió desplazado. Él,
que era un hombre de mundo, de pronto se dio cuenta que había mundos en los que
no cabía.
—¡Qué onda la tuya! —dijo Alex riendo—. Estás en otra película.
El mal momento sumado al frío de la noche, causaron estragos en la salud de
Bernardo. Estaba pálido como un fantasma, de pronto comenzó a vaciar el vientre
en violentas arcadas. Los amigos lo abrigaron y lo dejaron en el camper al
cuidado de sus compañeros. «Mañana estará bien —dijo el chico—. Le cogió la
“White”», y dirigiéndose a zafiro que estaba con cara de preocupada, afirmó
entre risas: «La marihuana solamente hace daño a los tontos o a los cholos».
Zafiro no pudo contener una carcajada. Era una venganza de la vida y los amigos
la estaban disfrutando.
Con Bernardo fuera de juego, emprendieron el viaje de regreso. El chico la
abrazaba por la cintura mientras subían la cuesta que llevaba hasta el hostal.
Una suave llovizna se
cernía sobre el pueblo. La mujer, tocada por la magia embellecedora del
THC, comprendió por qué sus amigas lo veían tan irresistible.
La luna volvió a asomarse tras la nube bañando de luz las flores de los guayacanes, que comenzaban a abrirse en la humedad de la noche.

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