César no entró al night club como cliente, sino como camarógrafo de guerra.
Llevaba unos lentes de marco grueso, comprados por internet, con una mini cámara escondida junto a la bisagra izquierda. Desde afuera parecían un accesorio de hombre inseguro: modernos, ridículos, costosos. Por dentro eran un ojo ilegal transmitiendo en vivo.
Sus seguidores lo esperaban.
Noche de cacería, tituló la transmisión.
La pantalla de su celular ardía con comentarios, emojis y pagos pequeños que iban cayendo como monedas en una alcancía. César veía lo que ellos veían: luces violetas, botellas sudadas, risas impostadas, mujeres caminando como si cada paso las acercara a su destino.
Abrió la encuesta.
¿Con quién subimos?
Samantha apareció primero: morena, alta, de cabello rizado, con una presencia que derretía corazones. Caminaba segura, sin pedir permiso a las miradas que la reconocían.
Nataly estaba sentada cerca de la barra: trigueña, bajita, de formas gruesas, sonrisa rápida y ojos de quien ya había aprendido a distinguir entre un cliente amable y un aprendiz de pervertido.
Nicole, colombiana, esbelta, de rasgos finos, movía una copa con delicadeza, como si estuviera lejos de todo eso, como si su cuerpo estuviera allí pero su mente hubiera cruzado una frontera.
Y luego estaba Sara, la Panameña.
La famosa. La más deseada. La leyenda. Ya no tenía la juventud insolente de los primeros rumores, pero conservaba algo más peligroso: experiencia. No caminaba para gustar. Caminaba sabiendo que mirada quería atrapar.
La encuesta fue una pelea de gallos.
Samantha subió rápido. Nicole empató. Nataly sorprendió a todos durante un minuto. Pero cuando César enfocó a Sara, los comentarios se desbordaron.
La Panameña.
La leyenda.
Con ella, papá.
Crea evento privado.
César sonrió. Creó el acceso de pago. Cien usuarios entraron en menos de dos minutos. Mirar desde una pantalla, descubrió, era un negocio rentable.
Sara aceptó subir a las habitaciones.
No dijo mucho. Solo lo miró una vez, de arriba abajo, con una calma que a César le pareció profesional. Él sintió que ganaba. Que no solo la había elegido: que la había conquistado para una audiencia invisible.
En la habitación, la luz era más baja. Afuera seguía golpeando la música, pero adentro todo sonaba amortiguado, aumentando la sensualidad del momento.
César acomodó sus lentes.
—Puedes ponerlos en esa mesa —dijo Sara.
Él negó con gestos.
—No es necesario.
Sara se acercó. No con deseo, sino con precisión. Le tocó el marco de las gafas con dos dedos.
—Solo quiero que te sientas de película.
César sintió que el estómago se le cerraba.
En el chat aparecieron mensajes nerviosos.
¿Qué pasó?
No enfoques al techo.
Que no se dé cuenta.
Bro, cuidado.
Sara le quitó los lentes.
Durante un segundo, los cien usuarios vieron su rostro de frente. No había escándalo en ella. Solo una mezcla de rabia y complacencia de haber hecho lo que creía correcto.
—Buenas noches, caballeros —dijo mirando directo al lente—. Espero que hayan disfrutado del show pero tenemos problemas técnicos.
César quiso quitarle sus lentes, pero la puerta se abrió.
Entraron dos hombres de seguridad, la administradora del local y una mujer con carpeta negra. Detrás de ellos, Samantha, Nataly y Nicole miraban en silencio.
Sara no había descubierto la cámara por casualidad.
La estaba esperando.
Desde hacía meses, alguien transmitía mujeres sin permiso. Una de ellas había desaparecido del local después de que su video circulara por grupos y páginas. Era hermana de Sara.
La mujer de la carpeta mostró una orden judicial.
César balbuceó que era una broma, que era contenido, que nadie salía claramente, que todos eran adultos.
Sara puso las gafas sobre la mesa.
—No, mi amor —dijo—. Hoy el contenido eres tú.
El celular fue incautado. Las gafas, embaladas. César, conducido hacia la salida por la puerta trasera, para evitar escándalo entre unos pocos clientes que no se fueron al ver a los agentes.
Cuarenta y seis usuarios abandonaron en ese momento el chat que proporcionaba los enlaces de transmisión.
Sara encendió un cigarrillo en la vereda, solo para no perder la costumbre.
La administradora le preguntó si estaba bien.
La panameña miró el reflejo de la luna sobre la avenida.
—No —dijo—. Aparte del susto no le va a pasar nada.
En el acta, el detenido insistió que todo era una broma.
Paul R. Alhazred
