Hoy ha vuelto a llover
a cántaros como aquella tarde del entierro. No es abril ni mayo, es un martes
cualquiera de febrero, por estos días hace un año que Pedro nos dejó. No soy de
los que recuerdan fechas o conmemoran efemérides, pero Marina ha colmado de
flores los jarrones y ha encendido velas en su cuarto. La casa está
inmensamente hueca, y según parece, poblada de fantasmas que se agitan por aquí
y por allá. Que suben las escaleras a pasitos sigilosos o se ocultan tras los
setos del jardín jugando escondidillas. A veces tengo la impresión de escuchar
risitas o llantos apagados de niños cruzando el callejón de los geranios.
Marina vive con ellos a diario; no sé si se los imagina, pero yo he terminado
por creer que son reales.
Por estos días hace un año que dejó de hablarme, justo después del sepelio de
nuestro hijo. Marina tiene el sueño liviano y padece de insomnio. Cuando
despierto en la madrugada la escucho vagar por la casa hablando con las
fotografías, desempolvando muebles o puliendo los ventanales hasta que llega el
alba. Por las tardes, cuando regreso del despacho, veo con envidia los hogares
iluminados con bombillas. Marina está convencida que esto de la electricidad es
cosa del demonio y mantiene la casa bajo el mortecino régimen de los fanales.
Sé que no deja de pensar ni un instante en él, pues cuando amanece siempre hay
una pequeña flor frente a su fotografía.
Los primeros días después de la partida de mi hijo intenté dialogar con ella,
contarle que también para mí fue terrible aquella pérdida, pero su dolor no
aceptaba parangones y sus pupilas, siempre esquivas, no volvieron a encontrarse
con las mías. Me he quedado prisionero en un silencio tan grande como la casa.
Sé que para ella existo de alguna manera y siempre tengo ropa limpia y comida
caliente, pero nuestro diálogo ha ido menguando de pequeñas frases a simples
monosílabos. A veces, cuando coincidimos en algún lugar de la casa —aunque
últimamente evito encontrarme con ella—, baja la vista y pasa de largo, yo me
quedo angustiado con una procesión inveterada de palabras atascadas en la
garganta.
Entre los dos ya no existe el tiempo, solo una línea inconexa de sucesos que se
entrecruzan en un presente cada vez más irreal. Las tardes son una monotonía en
gris perpetuo. Tengo la impresión de que ha paramado todo el año. Nos cobija
una llovizna persistente que llena de musgos y puebla de ranas las paredes. No
he dejado de soñar con peces y caracoles desde la muerte de mi hijo.
Ahora es cuando más extraño los días soleados en el huerto de los capulíes. Los
niños trepados en las ramas y el sol brillando sobre sus cabecitas doradas.
¡Dios mío, no sé en qué momento les crecieron alas! Primero partió Victoria a
continuar sus estudios en Barcelona. La última vez que la vi decía adiós en la
estación del tren con su mano enguantada en piel de ante y luego… solo sus
cartas, su alma desparramada en la blancura del papel, añorando la escritura inconfundible
de la madre o del hermano.
Nunca imaginé lo que vendría después. Esperamos lo mejor del porvenir sin
sospechar que el destino tiene sus propios planes y los ejecuta
inexorablemente. Mi padre solía decir: «¿Quieres ver a Dios sonreír? Cuéntale
tus proyectos.» Marina ha perdido esa alegría de vivir y me arrastra con ella
hacia un desierto en el que solo resuenan los ecos del pasado. El recuerdo de
nuestro hijo lo tiñe todo; a veces descubro sus manos nevadas arrastrándose
sobre el vetusto teclado del piano o sus ojos vacíos contemplándome detrás de
los cristales.
Lo más inaudito es que aún guardo la noticia de su muerte como incubando un
puñal para herir a la buena de mi hija, que aún lo ignora todo. Cuando pregunta
por la madre no tengo otra invención que la de sus ojos enfermos: «Mamá se está
poniendo ciega». Y si pregunta por Pedro le digo que está bien: «Ya sabes cómo
es él de descuidado. Un día de estos terminará por escribirte. Te manda
abrazos».
Marina ha renunciado al mundo, hace meses que no abandona la casa, soy su único
contacto con el exterior. Al mediodía después del trabajo acudo a la farmacia o
a la tintorería. Cuando no voy al telégrafo paso por el correo a recoger las
cartas que llegan de todos lados. Ella se ha olvidado que tiene madre, que
tiene hermanos y hasta una hija… se marchitó del todo en un solo día. Los
domingos en la misa del alba rezo por mis hijos, pero, sobre todo, lo hago por
ella. La gente que la conoce y la quiere me pregunta por Marina. Mi respuesta
es siempre la misma: «Está reconvaleciendo, pronto la verán por aquí». Ojalá y
eso fuera cierto.
Una tarde, de esas diluviales, regresé a casa temprano a causa de un resfrío
que me indispuso en la oficina, accedí por la puerta de servicio que se
encontraba abierta. Colgué el abrigo y el sombrero mojado en el perchero y me
deslicé sigilosamente hacia mi cuarto; al cruzar al lado de la ventana que da
al patio interno, la vi hablando con las plantas. El ruido de la lluvia en la
cubierta y el estruendo de los truenos que acompañaban esa batalla interminable
de luz y sombra, me mantuvieron en secreto.
La contemplé largamente. Su rostro cobrizo y su cuello delgado estaban
marchitos por la lluvia inclemente del reloj; pero su cuerpo lucía perfecto,
inmarcesible bajo el camisón mojado que delineaba sus formas voluptuosas aún.
Marina, de pronto, con los pies descalzos y llenos de barro, se puso a danzar
al rítmico compás de las gotas de lluvia, abandonada en un ritual sonámbulo. Se
veía libre y feliz como yo quizá nunca volvería a serlo. Desde entonces dejé de
compadecerla y empecé a soñarla junto con los peces y los caracoles.
Esta mañana ha llegado una carta de Cataluña, la dejaron en el buzón. En el
sobre estaba escrito mi nombre con una caligrafía impecable, al reverso decía: «Remite:
Victoria Saavedra». Hace tiempo que no tenía noticias de Victoria ni de su
esposo. Antes de la muerte de Pedro sus misivas llegaban mensualmente, pero
iban dirigidas a Marina. «Asuntos de mujeres»; me decía Marina sonriente y me
iba comentando las nuevas de forma puntual: «Victoria aprobó las materias
sociales, Victoria comenzó su doctorado, Victoria en Paris, Victoria en
Venecia…» Siempre tuvo una conexión profunda con sus hijos, a veces me
anticipaba las nuevas antes de que le dijesen las cartas.
—He soñado —me decía— que Victoria ha conocido al chico de su vida.
En otra ocasión me dijo que nuestra hija estaba muy enferma.
—¿Y tú cómo lo sabes? —le pregunté.
—Porque lo siento como una punzada aquí en el vientre —me contestó tocándose la
parte baja del abdomen.
Recuerdo una tarde de sábado que guisaba pavo para una cena con amigos, los
niños jugaban en el huerto de los capulíes; Marina salió disparada de la
cocina, atravesando la sala donde los amigos tertuliaban, con las manos untadas
en aliños. Iba gritando: ¡Pedrito, cuidado, cuidado! Llegó a tiempo al patio
trasero para atrapar a su hijo que se caía de una rama. Cuando le preguntamos
cómo lo supo, nos respondió tirante por el susto: «Cosas de mujeres». Me
comentó después, cuando quedamos a solas, que el pavo que yacía con el cuello
tronchado había abierto los ojos y en la impresión que le causó, vio a Pedro
cayéndose de la rama.
Abro la carta que tengo entre mis manos como una nave, como una carabela que ha
cruzado el atlántico, tiene un aroma a sal y a recuerdos. Hay cosas tan mías
dentro de esta carta y tanta soledad en mí que quisiera habitarla hasta las
últimas líneas. Me quedo en ella sin prisas. Victoria me transporta sobre el
rumor de las palabras. Por primera vez en tantos meses un rayo de luz atraviesa
la ventana y veo florecer los azahares en el naranjo del patio. «Vas a ser
abuelo, dile a mamá que me escriba, que conteste mis cartas, ahora la necesito
más que nunca».
Sostengo entre mis manos esta carta poblada de mayúsculas preciosas y pienso en
ella como un pasaporte capaz de franquear el silencio de Marina. Respiro hondo,
me lleno de esperanza. Cruzando el pasillo, a seis escalones está su cuarto,
tal gravedad se apodera de mi cuerpo que me parece una distancia insalvable.
Con mucho sigilo llego a la puerta de su alcoba, oigo un ruido de voces, como
si ella dialogara con alguien, luego risas y palabras vagas. Con dos golpes
anuncio mi presencia:
—¡Marina, Marina!
Un largo silencio se hace en la alcoba.
—¡Marina, es carta de Victoria, son buenas noticias!
Espero un tiempo prudente como para que ella meditara su decisión. Todo es
silencio, deslizo entonces la carta abierta por el umbral de su puerta.
La luz a través de la ventana duró muy poco, esa misma tarde volvieron las
lluvias y las tierras anegadas se desbordaron otra vez sobre los caminos; desde
su quicio, contemplo el campo allende de las tapias. En las propiedades de
enfrente, las vicuñas resignadas bajo sus abrigos empapados parecían efigies
talladas en la brumosa melancolía del tiempo. Los días seguían cayendo con
inclemencia, las ranas poblando los rincones, y yo soñando con peces y
caracoles.
Marina se volvió aún más hermética, en la casa se escuchaban solo los ecos de
mis pasos, parecía que incluso los fantasmas se habían esfumado. Comencé a
preparar los alimentos y a cuidar de mis asuntos personales, antes de salir a
la oficina le dejaba una bandeja con el desayuno en la puerta de su alcoba que
se mantenía siempre cerrada. En la tarde cuando regresaba la bandeja me esperaba
en el mismo lugar, consumida a veces, a veces a medias. Respondí la carta de
Victoria, le conté —a modo de escusa—: Que la visión de mamá estaba empeorando,
que ya no lee ni escribe mucho, pero está contenta con la noticia y le envía
sus bendiciones. «¡Qué más daba si después de una mentira, seguía una procesión
de buenas intenciones!».
Nuevas cartas continuaban llegando. Victoria me contaba los pormenores de su
embarazo. El parto se esperaba para mediados de mayo. Empecé a redactar las
cartas como si fuesen dictadas por Marina, llenándolas de consejos que solo una
madre podría decir a su hija —conocía de hace mucho las opiniones de Marina al
respecto de los niños—. Victoria se mostraba optimista, su caligrafía se volvía
cada vez más preciosa y se iba poblando de pájaros y de flores: «Si nace niña
se llamará como la abuela y si es varón lo llamaremos Pedro».
Mientras su felicidad se desbordaba por la blancura del papel, mi soledad,
disfrazada de alegría, se iba expandiendo; atravesando los caminos desde las
alturas de los Andes, a lo largo de mares inmensos, sobre las crestas espumosas
de las olas, hasta llegar a manos de mi hija con la apariencia de albricias.
Mayo estaba por terminarse y las noticias no llegaban, el temporal hacía
intransitable los caminos. Los carteros, perdidos bajo sus ponchos de hule,
emergían de la niebla de cuando en cuando, pero ninguna carta de Victoria. Una
mañana temprano, encontré a Marina armada con hoz y con tijeras limpiando los
yerbajos que habían invadido el huerto. Buscaba algo entre el follaje
abigarrado, la maleza lo había poblado todo. Desde hace mucho que no se
diferenciaban los senderos que recorrían hasta la bodega donde se guardan las
herramientas, ya ni siquiera recuerdo cómo eran los bancos del jardín, sólo sé
que eran de piedra. Viéndola así, distraída, subí despacio con la esperanza de
sorprender la intimidad de su cuarto y satisfacer esa curiosidad que me
apresaba.
Como lo esperaba, lo encontré cerrado. Forcé el seguro con un cuchillo de mesa
y entré. En medio de una penumbra sostenida por un tenue quinqué, apenas podía
distinguir los contornos de los objetos que allí habitaban. Un olor a incienso
se esparcía en el ambiente y un ruido como el crujir de un gozne oxidado le
imprimía a la escena una dimensión extraña. Unos segundos después que mis
pupilas se acomodaran logré distinguir sobre su cama una figura humana. Se me
cortó la respiración y tuve que forzar a mi pecho a henchirse varias veces
hasta recuperar la calma.
Miré estupefacto cada detalle de la habitación. Era un collage impresionante
que desnudaba ante mis ojos la mente torturada de mi esposa. Sobre la antigua
cama matrimonial, simulando un cuerpo extendido con un brazo sobre el pecho,
yacía el traje de graduación de Pedro impecablemente planchado. A través de la
abertura de la chaqueta fulguraba su camisa blanca con el cuello rematado por
una corbata de pajarita. De entre las mangas de la chaqueta sobresalían unos
guantes blancos y de la basta de sus pantalones azules, las medias celestes de colegial
se prolongaban hasta dentro de sus zapatos de charol que se mantenían
inexplicablemente verticales. Como si alguien realmente descansara sobre ese
lecho.
Me invadió una mezcla de terror y de ternura. Me acerqué a la figura con la
intención de abrazarla, de levantarla y esperar a que camine. Por suerte, mi
cordura se mantuvo unánime. Con la visión turbada por las lágrimas, contemplé
el rostro de mi hijo que sonreía desde una fotografía enmarcada en un óvalo de
cedro. En la cabecera de la cama, entre los restos de cera derretida, el
remanente de una vela todavía flameaba imprimiéndole a su rostro la sensación
de movimiento.
Los veladores se habían transformado en altares de dioses de todas las
religiones. Todos los animales divinos estaban allí. Todas las efigies dignas
de adoración y; sobre las paredes, trazadas en rasgos fugaces, las primeras
formas de la geometría sagrada. Una colcha cubría la ventana a manera de
cortina, cegando casi por completo, la poca claridad que procedía del huerto.
En el suelo, a un lado de la cama, sobre una estera de esparto, dos viejas
mantas dobladas formaban un lecho rígido que, flanqueado por pilas de libros,
le daban el aspecto de un sórdido nido en el que Marina se sumergía cada noche
y del que surgía cada mañana como de un huevo primordial. El ruido de una
puerta que se cerraba en el patio me devolvió a la realidad. Dejé la alcoba en
puntillas. No sé si huía del peligro inminente de ser descubierto o de la
perturbadora visión de aquella alcoba que un día también fue mía. No sé cuánto
duró la «visita», porque tuve la sensación de que el tiempo no existía en el
interior de esa pieza.
Me alisté para la oficina con la mente en blanco. Coloqué el impermeable sobre
mis hombros como un autómata; luego calcé unas botas y un sombrero a ese
homúnculo que me representaba en el espejo del recibidor y me lancé a la calle.
Caminé sin rumbo entre la niebla. El pueblo se me antojó como una extensión de
ese cuarto extraño: los contornos brumosos de los árboles, las etéreas siluetas
de las edificaciones, la fantasmagoría de las cúpulas de la iglesia que
parecían flotar libres hacia el cielo. El tañido de las campanas me sorprendió
perdido por unas callejuelas que hace mucho no las frecuentaba y recordé que
salí con rumbo al trabajo.
Mi oficina está en la segunda planta del edificio de la junta parroquial, allí
malvivo desde hace más de veinte años manteniendo al día los libros de
contabilidad. La oficina queda a unas cuantas cuadras de la casa, siguiendo un
zigzagueante sendero al margen de un río de cristal —claro, en verano— que
desde hace mucho que es un monstruo de color ferroso como el barro que muerde
los zapatos. Regreso sobre mis pasos, ensimismado, cavilando en las extrañas
imágenes de ese cuarto: «¿¡Qué hace, ¿¡qué busca, ¿¡qué pretende con esa
parafernalia macabra de rituales!? Es como si quisiera exorcizarlo,
divinizarlo, redimirlo». Así de inextricable se me hacía la mente de mi esposa.
Al mediodía regreso a casa, de camino al pueblo contemplo a los vecinos que
recogen en sacos de yute los peces que la creciente de la noche anterior ha
dejado atrapados, aún vivos, en los baches anegados de la vía. Todavía rumiando
las sorprendentes imágenes de esta mañana, paso por las oficinas del correo.
Detrás de un mostrador de madera resquebrajada, Aurelio saluda con parsimonia,
mientras sus pies lo llevan a rastras desde el mostrador hasta la estantería de
las entregas.
—Hace rato que llegaron las cartas, hay una para vos, te la iba a enviar a la
oficina, pero el guambra de los mandados —se coloca los lentes con manos
temblorosas— no ha venido hoy. Parece que todos andan de pesca.
—Así parece.
Miro la carta que Aurelio toma del perchero y la reconozco por los timbres
postales.
—Es de Vicky —me dice, mientras me la entrega—. ¿Tu nieto habrá nacido ya?
—Supongo que sí. Ya te lo haré saber.
Con una palmada en la espalda me despido de mi viejo amigo. Al volver a la
calle, comienza a paramar, guardo la carta sin abrir en el bolsillo del
impermeable y camino de regreso a casa, abrigando la esperanza de que
finalmente Marina cambiará de actitud ante un acontecimiento de tal
trascendencia.
A la entrada me detengo frente al portón desvencijado, ganado por un musgo que
le lame los hierros oxidados y que al abrirlo rechina anunciando la llegada de
propios o extraños; lo cruzo y sigo de largo hasta la casa. A punto de llegar
veo a Marina plantada en el umbral de la puerta principal. Estoy pasmado ante
semejante visión espectral y no atino a decir nada más que: ¡Marina!
—No quiero que traigan más desastres a esta casa —me dice en tono airado.
Inconscientemente me llevo la mano al pecho donde guardo la carta de Victoria.
—¡Marina! ¡Querida! Se avecinan buenos tiempos, nuestra vida va a cambiar.
¡Tiene que cambiar!
Me acerco despacio buscando delicadamente su complicidad. Me mira con ojos
penetrantes y toda su locura que ahora me es patente se expresa en su mirada,
luego mueve su cabeza en señal de desaprobación.
—¿Es que no entiendes? ¡Nunca lo vas a entender! Los buenos tiempos para
nosotros ya no serán ni en los recuerdos.
Saco la carta que llevo atesorándola en mi pecho y se la extiendo.
—No tienes que dármela, no necesito leerla, sé lo que trae… Después de un
invierno como este solo nos queda un siglo de otoño.
—¿Qué es?, ¿Qué es lo que trae?
Estoy seguro que si ella me lo dice no necesito ni leerla. No me responde,
solamente se da vuelta, cruza el callejón de los geranios con dirección al
cuarto de Pedro sin volver la vista atrás, segura de que sigo sus pasos; me
dice mientras asciende las escaleras:
—Tú no estuviste la mañana en que descubrí el cuerpo inerte de tu hijo en su
cuarto colgando de una viga. Tú no viste su bello cuello de bronce estrangulado
por el cáñamo ni te asomaste al infierno de sus ojos dilatados. Yo, yo sola
tuve que bajarlo, usando una fuerza que de seguro me la brindó el demonio,
porque Dios… no sé dónde estaba Dios la noche en que Pedro se quitó la vida.
—Su voz se cargó de ira—. No has vuelto a su cuarto, ¿verdad? —Y abrió la
puerta—. ¡Ven! —me dijo, volviendo su rostro y tocando mi mano después de
siglos de ausencia.
No pude hacerlo, no pude entrar en ese espacio que para mí quedó vedado desde
aquel suceso. Mucho menos ahora después de la insólita experiencia en el cuarto
de Marina.
—Acá vengo cada noche cuando sueño —me dice, y un escalofrío me sube por la
espalda—. ¿Quieres venir conmigo? ¿Quieres hacer vela con los ausentes?, porque
tu nieto también está aquí desde hace algunos días. ¡Los Pedros están malditos!
Marina estaba delirando, yo no podía más con estas escenas de locura. Dejé la
casa y corrí hacia la calle, llegué hasta la oficina, a puerta cerrada leí la
carta. La preciosa caligrafía de Victoria se había tornado en rasgos
quebradizos y vacilantes, luego de muchas lamentaciones me decía que el niño había
muerto en el parto. Un caso que los médicos denominan: circular de cordón
alrededor del cuello del bebé: esa fue la causa; es frecuente que se presente,
pero es raro que provoque la muerte.
¿Qué más podía esperar? Me quedé pensando en Marina: sola en esa casa, en ese
cuarto poblado de fantasmas. La amaba profundamente, pero no quería que ese
fuese mi mundo. Así estuve largo tiempo mientras mis emociones se estancaban,
solo entonces pude contemplar hasta el fondo el espíritu de mi esposa. No era
el vacío que quedó en el espacio cuando Pedrito partió, lo que la atormentaba.
Era…era, sobre todo, la angustia que pesa sobre el alma de los suicidas que no
pueden descansar en tierra sagrada. Marina había pasado de este Dios cristiano
al que yo no puedo más que obedecer sin dilaciones. Ella pugnaba por un Dios
más antiguo, primordial, un Dios cósmico al cual confiar el alma de su hijo.
La gente comenzó a llegar para el turno de la tarde.
—No para de llover —me dice Gabriela, la secretaria.
—No, no para —respondí.
Afuera las hojas de los árboles seguían balanceándose por el leve martilleo de
las gotas de lluvia y el viento aullaba perdido por los callejones.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario