
Ulises Díaz
NOSTALGIA
Desde lo alto del faro la playa se ve desierta. Al fondo, en el horizonte, el mar parece combarse como el vientre de mi madre. En unos meses nacerá Cristina, pero claro, para entonces estaré de vuelta en clases.
Las vacaciones para los niños tienen un sabor a gloria, sin embargo, este agosto ha sido especialmente frío; la maestra le acusa a la corriente de Humboldt. Al parecer, es una de las pocas cosas, de las que cuentan en la escuela, que coincide con la realidad. Si no fuera por el viejo Argos, mi fiel amigo, estos días en la playa se volverían eternos.
Juntos bajamos la escalinata que nos lleva hasta la arena. A saltos recorro de dos en dos las escaleras, el viejo perro viene detrás cojeando sobre los escalones. Las paredes del barranco, de un blanco calcáreo, lucen impregnadas de valvas, caracoles y cantos pulidos.
Sobre las ralas rocas de color obscuro emergen garabateados algunos nombres: David, María, Soledad. El mío, borrado por el roce de la arena que transporta el viento, se lee: Carlo... De pronto, me doy cuenta que mi nombre es plural, como que nombrara a muchos niños a la vez:
«Los Carlos, Carlos, Carlos…» bajo cantándolo maquinalmente. Me parece que Argos marcase el monótono compás con su renguera.
Avanzamos de largo sobre la arena, bordeando las lenguas espumosas de las olas que amenazan con mordernos los pies. Argos viene despacio, entretenido con las medusas y los cuerpos inertes de los pequeños peces que ha dejado la marea nocturna. Perseguimos el horizonte hasta que el viejo perro no puede más y se acurruca bajo unos troncos. Desando mis pasos y sentándome a su lado me entrego a los recuerdos:
Fue hace unos años, durante esas últimas vacaciones a colores —hoy parece una eternidad— que escribimos nuestros nombres sobre las rocas del acantilado. María preguntó: ¿Por qué el horizonte nunca se está quieto? David, con el balde de moldear arena sobre su cabeza a la manera de un casco, inventó una hilarante historia a cerca del horizonte.
Reímos tanto… Aún perdura en mi memoria la piel tersa de soledad. Sus hombros dorados, su pelo suelto flotando salvaje sobre el vestido de randa. Sus ojos tímidos, titilantes como faros entre la bruma.
Con la bajamar, entre las rocas del arrecife, los rosados cuerpos de las estrellas marinas agonizan expuestos al viento. Me doy la tarea de devolverlos al océano pensando en mi padre; en esa tarde en la que, dedicados a esta misma tarea, alguien nos dijo: «Es una labor ociosa. ¡Son miles y miles de estrellas las que mueren a lo largo de la playa!» Luego agregó entre sonrisas: «¡No tiene sentido!»
Mi padre sereno le mostró las estrellas en el fondo del recipiente listas para ser devueltas al mar y le respondió sonriente: «Al menos para estas sí hará algún sentido.»
Pero mi padre ya no está. Habría sido hermoso que conociera a Cristina y que ella, a su vez, le hubiese conocido.
Las vacaciones para los niños tienen un sabor a gloria, sin embargo, este agosto ha sido especialmente frío; la maestra le acusa a la corriente de Humboldt. Al parecer, es una de las pocas cosas, de las que cuentan en la escuela, que coincide con la realidad. Si no fuera por el viejo Argos, mi fiel amigo, estos días en la playa se volverían eternos.
Juntos bajamos la escalinata que nos lleva hasta la arena. A saltos recorro de dos en dos las escaleras, el viejo perro viene detrás cojeando sobre los escalones. Las paredes del barranco, de un blanco calcáreo, lucen impregnadas de valvas, caracoles y cantos pulidos.
Sobre las ralas rocas de color obscuro emergen garabateados algunos nombres: David, María, Soledad. El mío, borrado por el roce de la arena que transporta el viento, se lee: Carlo... De pronto, me doy cuenta que mi nombre es plural, como que nombrara a muchos niños a la vez:
«Los Carlos, Carlos, Carlos…» bajo cantándolo maquinalmente. Me parece que Argos marcase el monótono compás con su renguera.
Avanzamos de largo sobre la arena, bordeando las lenguas espumosas de las olas que amenazan con mordernos los pies. Argos viene despacio, entretenido con las medusas y los cuerpos inertes de los pequeños peces que ha dejado la marea nocturna. Perseguimos el horizonte hasta que el viejo perro no puede más y se acurruca bajo unos troncos. Desando mis pasos y sentándome a su lado me entrego a los recuerdos:
Fue hace unos años, durante esas últimas vacaciones a colores —hoy parece una eternidad— que escribimos nuestros nombres sobre las rocas del acantilado. María preguntó: ¿Por qué el horizonte nunca se está quieto? David, con el balde de moldear arena sobre su cabeza a la manera de un casco, inventó una hilarante historia a cerca del horizonte.
Reímos tanto… Aún perdura en mi memoria la piel tersa de soledad. Sus hombros dorados, su pelo suelto flotando salvaje sobre el vestido de randa. Sus ojos tímidos, titilantes como faros entre la bruma.
Con la bajamar, entre las rocas del arrecife, los rosados cuerpos de las estrellas marinas agonizan expuestos al viento. Me doy la tarea de devolverlos al océano pensando en mi padre; en esa tarde en la que, dedicados a esta misma tarea, alguien nos dijo: «Es una labor ociosa. ¡Son miles y miles de estrellas las que mueren a lo largo de la playa!» Luego agregó entre sonrisas: «¡No tiene sentido!»
Mi padre sereno le mostró las estrellas en el fondo del recipiente listas para ser devueltas al mar y le respondió sonriente: «Al menos para estas sí hará algún sentido.»
Pero mi padre ya no está. Habría sido hermoso que conociera a Cristina y que ella, a su vez, le hubiese conocido.
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