21 febrero 2026

Diamante


Ulises Díaz 

Diamante

A finales de los sesenta el Apolo 11 había llegado a la luna, los mayores solo hablaban de aquello.

Cuenca era por entonces algo más que una pequeña aldea. Comenzaba en el puente del Vado y terminaba en la Chola Cuencana. Por las mañanas caminábamos con mi hermano unas cuantas calles rumbo a la escuela.

Me recuerdo… siempre bien peinado. Solían vestirnos con pantalón sempiterno azul, camisa blanca de cuello almidonado y corbata roja de pajarita a la que mamá llamaba: corbata mishi.

Una mañana gris que amenazaba lluvia, marchaba apurado rumbo a la escuela, me esperaba un examen de aritmética. Iba solo, Pedro amaneció indispuesto.

De pronto, se desataron los truenos, retumbaron en los cristales de las casas. Sobre las montañas, las tortuosas líneas de los rayos cortaban en retazos el cielo. El chubasco cayó con violencia; en instantes la calle quedó desierta.

Me guarecí bajo un portal cercano y allí lo vi sentado sobre sus patitas traseras, parecía un trapeador empapado. Bajo la mugre y la hojarasca, su pelo debía ser blanco.

Le faltaba la mitad de una oreja y me miraba con profundo desamparo, una mezcla de miedo y esperanza que me caló más que la lluvia. No me movía la cola, solo tiritaba.

Estuvimos allí por un momento, uno al lado del otro. Dos seres finitos frente a la inmensidad inclemente de los elementos. Sumergidos en un olor a tierra mojada, contemplando los pupitos que hacen las gotas de lluvia al golpear en los charcos. Éramos solo los dos y nos sosteníamos con los ojos para no hundirnos en esa soledad anegada.

No sabía su nombre, entonces ensaye: «Diamante, diamantito». Lo llamé así por el destello luminoso de sus pupilas. Se puso de pie y, haciéndose pequeñito, acercó su cabeza bajo la palma de mi mano como sí nos conociéramos desde siempre.

Compartimos el fiambre, un pan con dulce que mamá preparaba. «Un pedazo para ti… uno para mí». El desayuno terminó tan pronto como la lluvia y partí de prisa; pero antes, le pedí que me esperara allí, que volvería pronto.

Unas horas después lo busqué en el portal, recorrí los parques cercanos, nadie lo había visto. ¿¡Cómo no fijarse en esos ojos abisales!?

Esa noche, con Pedro, volvimos a la calle. Hacía tanto frío. No dejábamos de pensar en Diamante helándose en algún callejón abandonado.

Las imágenes del Apolo estaban por doquier. Tras el mostrador, una señora blanca y redonda movía su cabeza como una luna tambaleante mientras decía: «No, no lo he visto».

Nos quedamos mirándola. Sobre ella colgaba un módulo lunar de cartón fijado al tumbado. Una viva metáfora del alunizaje, cortesía de pasta dental Efil.
Miré a Pedro… él también sonreía. 
De vuelta a la calle, el astro flotaba diáfano en el espacio proyectando sombras fantasmales. Anduvimos sin rumbo meditando en la soledad de los hombres en la luna, en esos vastos espacios de negrura.

El recuerdo de la mirada de Diamante me encandilaba como dos faros en la noche.

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