17 febrero 2026

Lunes catorce de carnaval



Paúl R. Alhazred

Me golpea como río caudaloso recordar ese carnaval del noventa y cuatro. Con diecisiete años, mis alborotadas hormonas apuntaban hacia la vecina de la casa de enfrente. Un domingo trece de febrero, primer día del carnaval, se encendía la fiesta en los barrios. Saludar con los vecinos, confraternizar con extraños podía ser un buen pretexto para acercarme a aquella chica que me gustaba y con la cual apenas había cruzado algunas miradas y un par de palabras.

«Mañana es San Valentín», pensaba con la emoción juvenil y la ilusión de aparecer de pronto en el mapa de sus pretendientes. Su casa y la mía bullían de familiares y, sin darme cuenta, no sé en qué momento ni en qué situación, me encontraba dentro de un grupo que compartía alrededor de una guitarra y unas botellas. Los sentidos al máximo: el olor a espuma de carnaval, la comida tradicional, el «canelazo», el ritual de mojarse y quedarse con la ropa húmeda que terminaba por secarse en tu mismo cuerpo.

De pronto, todo eso quedaba en segundo plano, reemplazado por las canciones de Leonardo Fabio, José José y otras cuyo autor ya nadie recuerda, pero son tan populares como el “cumpleaños feliz”. Le pedí prestada la acústica a mi abuelo, una Yamaha-250 que sonaba muy bien. Yo apenas sabía algunos acordes, pero mis nuevos camaradas estuvieron muy complacidos con mi aporte para el improvisado ensayo. El trato quedaba implícito: prestaría la guitarra a cambio de una serenata a Maritza, la prima colegiala de mis vecinos.

El grupo se fue haciendo más grande. En cuestión de una hora se había duplicado y éramos ya más de una veintena de nombres los que llenaban la lista del cantante principal, un recorrido que, si empezábamos antes de la medianoche, sin problemas nos llevaría hasta el amanecer. «A la prima dejemos para el último», afirmó con precisión logística el cantante, mientras trazaba el recorrido en su humedecida hoja de ruta.

No contaba con los galanes de barrio que se anotaron con dos o más serenatas o el primo que tenía que dar sereno a su esposa, a su novia y a su “amiga”. El repertorio se redujo a dos canciones separadas con la dedicatoria que tenía que gritar a viva voz el interesado o el mismo cantante. Un poco antes de las seis de la mañana finalizábamos en la casa de Maritza con Plegaria y La noche azul, que ya casi era blanca. Vi la luz de su cuarto prenderse, inequívoca señal de haber escuchado aquellos murmullos trasnochados.

Aquella señal era la confirmación de que todo valió la pena. «Más tarde ya concretas», me dijo el cantante al despedirse. Crucé la calle con la emoción de mi primera serenata y dispuesto a enfrentar las reprimendas de la escapada nocturna. «Todo valió la pena», me repetía.

Era lunes de carnaval, 14 de febrero. No nos hicimos novios. No hubo beso. Solo una conversación larga, suave, honesta, mientras el carnaval seguía su fiesta. Ella me agradeció la serenata, me tomó la mano por un segundo y me confesó que, luego de graduarse, se iría de la ciudad.

Nos despedimos. El carnaval, ruidoso como siempre, era ajeno a mi pequeña melancolía. Pero sentía una calma extraña, como quien ha hecho lo que debía.

Los años pasaron. El carnaval volvía cada febrero, a veces frío, a veces cálido. San Valentín también. Pero nunca más volvió a coincidir un lunes de carnaval con un 14 de febrero. Ahora sé que aquella fecha única fue un regalo, un instante que el tiempo me concedió solo una vez.

A veces ha estado cerca, como este dos mil veintiséis, pero será irrepetible aquella guitarra temblorosa, la ventana encendida, la sonrisa de Maritza y el rumor lejano de la fiesta. No siento tristeza, sino un brillo suave, como una luciérnaga que uno guarda en el pecho.

Y ahora lo entiendo: hay fechas que solo pasan una vez. Y algunas, aunque nunca regresen, se quedan para siempre.

14 febrero 2026

Nostalgia



Ulises Díaz

NOSTALGIA
Desde lo alto del faro la playa se ve desierta. Al fondo, en el horizonte, el mar parece combarse como el vientre de mi madre. En unos meses nacerá Cristina, pero claro, para entonces estaré de vuelta en clases.

Las vacaciones para los niños tienen un sabor a gloria, sin embargo, este agosto ha sido especialmente frío; la maestra le acusa a la corriente de Humboldt. Al parecer, es una de las pocas cosas, de las que cuentan en la escuela, que coincide con la realidad. Si no fuera por el viejo Argos, mi fiel amigo, estos días en la playa se volverían eternos.

Juntos bajamos la escalinata que nos lleva hasta la arena. A saltos recorro de dos en dos las escaleras, el viejo perro viene detrás cojeando sobre los escalones. Las paredes del barranco, de un blanco calcáreo, lucen impregnadas de valvas, caracoles y cantos pulidos.

Sobre las ralas rocas de color obscuro emergen garabateados algunos nombres: David, María, Soledad. El mío, borrado por el roce de la arena que transporta el viento, se lee: Carlo... De pronto, me doy cuenta que mi nombre es plural, como que nombrara a muchos niños a la vez:

«Los Carlos, Carlos, Carlos…» bajo cantándolo maquinalmente. Me parece que Argos marcase el monótono compás con su renguera.

Avanzamos de largo sobre la arena, bordeando las lenguas espumosas de las olas que amenazan con mordernos los pies. Argos viene despacio, entretenido con las medusas y los cuerpos inertes de los pequeños peces que ha dejado la marea nocturna. Perseguimos el horizonte hasta que el viejo perro no puede más y se acurruca bajo unos troncos. Desando mis pasos y sentándome a su lado me entrego a los recuerdos:

­Fue hace unos años, durante esas últimas vacaciones a colores —hoy parece una eternidad— que escribimos nuestros nombres sobre las rocas del acantilado. María preguntó: ¿Por qué el horizonte nunca se está quieto? David, con el balde de moldear arena sobre su cabeza a la manera de un casco, inventó una hilarante historia a cerca del horizonte.

Reímos tanto… Aún perdura en mi memoria la piel tersa de soledad. Sus hombros dorados, su pelo suelto flotando salvaje sobre el vestido de randa. Sus ojos tímidos, titilantes como faros entre la bruma.

Con la bajamar, entre las rocas del arrecife, los rosados cuerpos de las estrellas marinas agonizan expuestos al viento. Me doy la tarea de devolverlos al océano pensando en mi padre; en esa tarde en la que, dedicados a esta misma tarea, alguien nos dijo: «Es una labor ociosa. ¡Son miles y miles de estrellas las que mueren a lo largo de la playa!» Luego agregó entre sonrisas: «¡No tiene sentido!»

Mi padre sereno le mostró las estrellas en el fondo del recipiente listas para ser devueltas al mar y le respondió sonriente: «Al menos para estas sí hará algún sentido.»

Pero mi padre ya no está. Habría sido hermoso que conociera a Cristina y que ella, a su vez, le hubiese conocido.




Lunes catorce de carnaval

Paúl R. Alhazred Me golpea como río caudaloso recordar ese carnaval del noventa y cuatro. Con diecisiete años, mis alborotadas hormonas apun...