28 febrero 2026

El gato de Schrodinger

Ulises Díaz


El gato de Schrodinger

Advertencia:

El escritor dispone de quinientas palabras para narrar esta historia. Si lo logra, se esfumará de ella y, yo —el gato—, quedaré atrapado eternamente en estas líneas relatándola una y otra vez, mientras tú o alguien más la lea.

Soy un minino imaginario. Nací en la mente de un científico: un físico teórico de apellido Schrodinger que pretendía entender y explicar la cuántica. Para ello me encerró en una caja, también imaginaria, junto con un gas mortal que me amenaza constantemente. No me dio un nombre, por si te encariñabas conmigo, porque esta historia no se trata de mí, sino de la cuántica.

Afina tus ideas, si entiendes el cuento, entiendes la cuántica.

A simple vista vemos cuerpos. Todas las cosas: los animales, las personas, los gatos reales, y tú, por supuesto, están formadas de partes.

Descomponer el Todo en sus partes es analizarlo. Hacerlo pedacitos cada vez más pequeños para averiguar de qué están hechas las cosas; pulverizarlas e incluso más allá.

¿Alguna vez has desarmado un juguete con el fin de saber de qué está hecho?

Demócrito, un filósofo griego, lo hizo mentalmente y propuso que el mudo está formado de partes muy pequeñas llamadas átomos. Ahora sabemos que hay partes aún más pequeñas llamadas quantums

Un quantum es la «cosa» más pequeñita que pueda existir. No lo puedes ver, solo medir sus efectos, incluso pensar en ella es muy difícil; pero existe, no es una mera fantasía. Si pudiéramos descender por la escalera de las partes hasta su último escalón: este sería el quantum. Desde allí «miraríamos» la nada. ¿Me sigues?

Yo vivo en ese último escalón. Imagíname tan diminuto como un quantum atrapado en esta caja obscura. A mi lado un frasco con gas venenoso, un martillo que amenaza con romperlo y un dispositivo radiactivo a punto de accionar el martillo. Las posibilidades son cincuenta y cincuenta, como lanzar una moneda. Mientras tú lees estas líneas puede activarse el dispositivo o puede que no.

Los científicos llaman a estos juegos mentales: gedanken, lo usan para investigar sin salir de su cerebro, son más baratos y están al alcance de todos; deberías hacer la prueba.

Mientras cuento esta historia, te puede parecer que estoy vivo y que el martillo aún no cae, o que la radioactividad se emitió y el martillo cayó, entonces estoy muerto. Nadie lo puede saber, ni el señor Schrodinger, mientras no abra la caja.

Supongamos que tú decides abrirla; me encontrarás vivo o muerto, una de dos. Es lo lógico en tu mundo de cosas grandes. Pero en el mundo de los quantums, donde nadie puede observarme, estoy vivo y a la vez estoy muerto, las dos realidades al mismo tiempo. Se llama superposición: dos realidades que coexisten.

Es la versión del gato vivo la que está narrando esta historia. ¿Estaré vivo o muerto?

No sufras, no puedes salvarme. Si abres la caja podrías matarme. ¿Entiendes?

A veces la realidad es más increíble que la ficción.


21 febrero 2026

Diamante


Ulises Díaz 

Diamante

A finales de los sesenta el Apolo 11 había llegado a la luna, los mayores solo hablaban de aquello.

Cuenca era por entonces algo más que una pequeña aldea. Comenzaba en el puente del Vado y terminaba en la Chola Cuencana. Por las mañanas caminábamos con mi hermano unas cuantas calles rumbo a la escuela.

Me recuerdo… siempre bien peinado. Solían vestirnos con pantalón sempiterno azul, camisa blanca de cuello almidonado y corbata roja de pajarita a la que mamá llamaba: corbata mishi.

Una mañana gris que amenazaba lluvia, marchaba apurado rumbo a la escuela, me esperaba un examen de aritmética. Iba solo, Pedro amaneció indispuesto.

De pronto, se desataron los truenos, retumbaron en los cristales de las casas. Sobre las montañas, las tortuosas líneas de los rayos cortaban en retazos el cielo. El chubasco cayó con violencia; en instantes la calle quedó desierta.

Me guarecí bajo un portal cercano y allí lo vi sentado sobre sus patitas traseras, parecía un trapeador empapado. Bajo la mugre y la hojarasca, su pelo debía ser blanco.

Le faltaba la mitad de una oreja y me miraba con profundo desamparo, una mezcla de miedo y esperanza que me caló más que la lluvia. No me movía la cola, solo tiritaba.

Estuvimos allí por un momento, uno al lado del otro. Dos seres finitos frente a la inmensidad inclemente de los elementos. Sumergidos en un olor a tierra mojada, contemplando los pupitos que hacen las gotas de lluvia al golpear en los charcos. Éramos solo los dos y nos sosteníamos con los ojos para no hundirnos en esa soledad anegada.

No sabía su nombre, entonces ensaye: «Diamante, diamantito». Lo llamé así por el destello luminoso de sus pupilas. Se puso de pie y, haciéndose pequeñito, acercó su cabeza bajo la palma de mi mano como sí nos conociéramos desde siempre.

Compartimos el fiambre, un pan con dulce que mamá preparaba. «Un pedazo para ti… uno para mí». El desayuno terminó tan pronto como la lluvia y partí de prisa; pero antes, le pedí que me esperara allí, que volvería pronto.

Unas horas después lo busqué en el portal, recorrí los parques cercanos, nadie lo había visto. ¿¡Cómo no fijarse en esos ojos abisales!?

Esa noche, con Pedro, volvimos a la calle. Hacía tanto frío. No dejábamos de pensar en Diamante helándose en algún callejón abandonado.

Las imágenes del Apolo estaban por doquier. Tras el mostrador, una señora blanca y redonda movía su cabeza como una luna tambaleante mientras decía: «No, no lo he visto».

Nos quedamos mirándola. Sobre ella colgaba un módulo lunar de cartón fijado al tumbado. Una viva metáfora del alunizaje, cortesía de pasta dental Efil.
Miré a Pedro… él también sonreía. 
De vuelta a la calle, el astro flotaba diáfano en el espacio proyectando sombras fantasmales. Anduvimos sin rumbo meditando en la soledad de los hombres en la luna, en esos vastos espacios de negrura.

El recuerdo de la mirada de Diamante me encandilaba como dos faros en la noche.

17 febrero 2026

Lunes catorce de carnaval



Paúl R. Alhazred

Me golpea como río caudaloso recordar ese carnaval del noventa y cuatro. Con diecisiete años, mis alborotadas hormonas apuntaban hacia la vecina de la casa de enfrente. Un domingo trece de febrero, primer día del carnaval, se encendía la fiesta en los barrios. Saludar con los vecinos, confraternizar con extraños podía ser un buen pretexto para acercarme a aquella chica que me gustaba y con la cual apenas había cruzado algunas miradas y un par de palabras.

«Mañana es San Valentín», pensaba con la emoción juvenil y la ilusión de aparecer de pronto en el mapa de sus pretendientes. Su casa y la mía bullían de familiares y, sin darme cuenta, no sé en qué momento ni en qué situación, me encontraba dentro de un grupo que compartía alrededor de una guitarra y unas botellas. Los sentidos al máximo: el olor a espuma de carnaval, la comida tradicional, el «canelazo», el ritual de mojarse y quedarse con la ropa húmeda que terminaba por secarse en tu mismo cuerpo.

De pronto, todo eso quedaba en segundo plano, reemplazado por las canciones de Leonardo Fabio, José José y otras cuyo autor ya nadie recuerda, pero son tan populares como el “cumpleaños feliz”. Le pedí prestada la acústica a mi abuelo, una Yamaha-250 que sonaba muy bien. Yo apenas sabía algunos acordes, pero mis nuevos camaradas estuvieron muy complacidos con mi aporte para el improvisado ensayo. El trato quedaba implícito: prestaría la guitarra a cambio de una serenata a Maritza, la prima colegiala de mis vecinos.

El grupo se fue haciendo más grande. En cuestión de una hora se había duplicado y éramos ya más de una veintena de nombres los que llenaban la lista del cantante principal, un recorrido que, si empezábamos antes de la medianoche, sin problemas nos llevaría hasta el amanecer. «A la prima dejemos para el último», afirmó con precisión logística el cantante, mientras trazaba el recorrido en su humedecida hoja de ruta.

No contaba con los galanes de barrio que se anotaron con dos o más serenatas o el primo que tenía que dar sereno a su esposa, a su novia y a su “amiga”. El repertorio se redujo a dos canciones separadas con la dedicatoria que tenía que gritar a viva voz el interesado o el mismo cantante. Un poco antes de las seis de la mañana finalizábamos en la casa de Maritza con Plegaria y La noche azul, que ya casi era blanca. Vi la luz de su cuarto prenderse, inequívoca señal de haber escuchado aquellos murmullos trasnochados.

Aquella señal era la confirmación de que todo valió la pena. «Más tarde ya concretas», me dijo el cantante al despedirse. Crucé la calle con la emoción de mi primera serenata y dispuesto a enfrentar las reprimendas de la escapada nocturna. «Todo valió la pena», me repetía.

Era lunes de carnaval, 14 de febrero. No nos hicimos novios. No hubo beso. Solo una conversación larga, suave, honesta, mientras el carnaval seguía su fiesta. Ella me agradeció la serenata, me tomó la mano por un segundo y me confesó que, luego de graduarse, se iría de la ciudad.

Nos despedimos. El carnaval, ruidoso como siempre, era ajeno a mi pequeña melancolía. Pero sentía una calma extraña, como quien ha hecho lo que debía.

Los años pasaron. El carnaval volvía cada febrero, a veces frío, a veces cálido. San Valentín también. Pero nunca más volvió a coincidir un lunes de carnaval con un 14 de febrero. Ahora sé que aquella fecha única fue un regalo, un instante que el tiempo me concedió solo una vez.

A veces ha estado cerca, como este dos mil veintiséis, pero será irrepetible aquella guitarra temblorosa, la ventana encendida, la sonrisa de Maritza y el rumor lejano de la fiesta. No siento tristeza, sino un brillo suave, como una luciérnaga que uno guarda en el pecho.

Y ahora lo entiendo: hay fechas que solo pasan una vez. Y algunas, aunque nunca regresen, se quedan para siempre.

14 febrero 2026

Nostalgia



Ulises Díaz

NOSTALGIA
Desde lo alto del faro la playa se ve desierta. Al fondo, en el horizonte, el mar parece combarse como el vientre de mi madre. En unos meses nacerá Cristina, pero claro, para entonces estaré de vuelta en clases.

Las vacaciones para los niños tienen un sabor a gloria, sin embargo, este agosto ha sido especialmente frío; la maestra le acusa a la corriente de Humboldt. Al parecer, es una de las pocas cosas, de las que cuentan en la escuela, que coincide con la realidad. Si no fuera por el viejo Argos, mi fiel amigo, estos días en la playa se volverían eternos.

Juntos bajamos la escalinata que nos lleva hasta la arena. A saltos recorro de dos en dos las escaleras, el viejo perro viene detrás cojeando sobre los escalones. Las paredes del barranco, de un blanco calcáreo, lucen impregnadas de valvas, caracoles y cantos pulidos.

Sobre las ralas rocas de color obscuro emergen garabateados algunos nombres: David, María, Soledad. El mío, borrado por el roce de la arena que transporta el viento, se lee: Carlo... De pronto, me doy cuenta que mi nombre es plural, como que nombrara a muchos niños a la vez:

«Los Carlos, Carlos, Carlos…» bajo cantándolo maquinalmente. Me parece que Argos marcase el monótono compás con su renguera.

Avanzamos de largo sobre la arena, bordeando las lenguas espumosas de las olas que amenazan con mordernos los pies. Argos viene despacio, entretenido con las medusas y los cuerpos inertes de los pequeños peces que ha dejado la marea nocturna. Perseguimos el horizonte hasta que el viejo perro no puede más y se acurruca bajo unos troncos. Desando mis pasos y sentándome a su lado me entrego a los recuerdos:

­Fue hace unos años, durante esas últimas vacaciones a colores —hoy parece una eternidad— que escribimos nuestros nombres sobre las rocas del acantilado. María preguntó: ¿Por qué el horizonte nunca se está quieto? David, con el balde de moldear arena sobre su cabeza a la manera de un casco, inventó una hilarante historia a cerca del horizonte.

Reímos tanto… Aún perdura en mi memoria la piel tersa de soledad. Sus hombros dorados, su pelo suelto flotando salvaje sobre el vestido de randa. Sus ojos tímidos, titilantes como faros entre la bruma.

Con la bajamar, entre las rocas del arrecife, los rosados cuerpos de las estrellas marinas agonizan expuestos al viento. Me doy la tarea de devolverlos al océano pensando en mi padre; en esa tarde en la que, dedicados a esta misma tarea, alguien nos dijo: «Es una labor ociosa. ¡Son miles y miles de estrellas las que mueren a lo largo de la playa!» Luego agregó entre sonrisas: «¡No tiene sentido!»

Mi padre sereno le mostró las estrellas en el fondo del recipiente listas para ser devueltas al mar y le respondió sonriente: «Al menos para estas sí hará algún sentido.»

Pero mi padre ya no está. Habría sido hermoso que conociera a Cristina y que ella, a su vez, le hubiese conocido.




El gato de Schrodinger

Ulises Díaz El gato de Schrodinger Advertencia: El escritor dispone de quinientas palabras para narrar esta historia. Si lo logra, se esfuma...